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martes, 21 de abril de 2015

El valor de la memoria





Me encuentro sumido en un proceso acelerado de pérdida de memoria, tanto biológica como documental, que me lleva a hacerme esta reflexión sobre el valor de los recuerdos. Por un lado: la edad, el Parkinson y una serie de tres recientes infartos cerebrales (afortunadamente no muy severos) se están encargando de reducir el ámbito de mis recuerdos cerebrales. Por otro lado: estamos en plena mudanza, de un chalet de tres plantas con cinco librerías, nos vamos a un piso con dos dormitorios y tres librerías, de las que una está en un pequeño trastero, esa parte soterrada de la memoria impresa que Freud llamaría el inconsciente de la biblioteca. Como consecuencia, me he visto obligado a deshacerme de 87 cajas de embalaje llenas de documentos. Con gran pesar, me he tenido que deshacer de informes, artículos, propuestas a clientes, estudios, apuntes de la universidad tomados como estudiante, guiones de las conferencias, cursos, clases y seminarios dados por mi como profesor; artículos escritos por mi y artículos publicados por otros y ávidamente recopilados por mi, sesudos y voluminosos manuales de procedimintos sobre como tal y como cual, cuadernos con notas manuscritas, correspondencia mantenida con amigos de quienes perdí la pista antes de que las redes sociales fuesen operativas, largas listas de código en cobol, fortran, APL, assembler, cajas con tarjetas perforadas de programas para la IBM 360 e incluso una tira de papel perforado con mi primer programa, escrito en código de máquina para la IBM 1401 que teniamos en el laboratorio de electrónica de la Escuela de Ingenieros Industriales de la Politécnica…toda una vida profesional, académica y social plasmada en papel.

En busca de consuelo, he llegado a la conclusión de que el valor de la memoria reside en el valor que pueda aportarnos en el futuro. Como D. Julián Marías solía decir, “el hombre es un ser futurizo”. Vivimos y actuamos en aras de unos objetivos situados en nuestro horizonte temporal. Como consecuencia, todo recuerdo se atesora por el valor que pudiese tener para el futuro, por lo que todo recuerdo que carezca de función en el futuro es prescindible. Toda esa masa de información acumulada por su disponibilidad para ser consultada ante un posible nuevo trabajo similar en algo a algún trabajo anterior, esas teorías que podrían ser de utilidad en algún estudio o investigación del futuro, carecen de valor cuando ya no habrá nuevos trabajos y es totalmente prescindible todo documento que, probablemente, no volverá a ser consultado nunca por interesante que aparente ser, o le parezca al autor. Queda la añoranza por lo hecho. El hombre es lo que ha hecho y olvidar lo hecho es olvidarse en parte de quien somos. El otro valor de la memoria, el de rememorar, el poder recordar momentos felices que pasaron, es al que se renuncia de verdad con dolor al borrarla conscientemente y es la nostalgia lo que duele al ir deshaciendote de documentos.

Pienso que la felicidad está en la realización, es decir, en hacer realidad las ideas y aspiraciones. Reinterpretando lo que decía Schopenhouer sobre voluntad y representación, lo que entiendo por realización es la materialización de la voluntad en su representación tangible. La felicidad es ver hecho en piedra lo que fue un dibujo sobre el papel. Lo más frustrante de mi vida como consultor se dio el día que presenté a la ministro de un país para el que había hecho un plan estratégico por encargo de Unido, la agencia para el desarrollo de la ONU, el informe final de mi estudio. Uno de los directores generales presentes en la reunión dijo: “Si tuviésemos tempo, estas recomendaciones habría que ponerlas en práctica inmediatamente, pero dado que las elecciones son dentro de dos meses y los sondeos indican que las vamos a perder, lo mejor que podemos hacer con este informe es perderlo, para que lo oposición no lo aplique y se atribuya el mérito”. No se lo que pasaría con el informe, pero tengo la esperanza de que el representante de Unido en el país diese copia de su ejemplar al nuevo gobierno.  Por otro lado, mi mayor satisfacción profesional fue cuando, en vísperas de una memorable Navidad, firmamos el documento con los acuerdos alcanzados por nuestro grupo de trabajo durante la Conferencia de Paz de Yugoslavia. Un corto documento del que se guarda copia en los archivos de la Unión Europea y es uno de los pocos documentos que he salvado de la quema, pues con ese pequeño documento, sumado al de los otros grupos de trabajo, eran seis, se hizo la paz a ambas orillas del Drina. Y, una de cal y otra de arena, la alegria con la que recibía cada noticia de que se habia incorporado al documento de la Constitución Europea una propuesta mía, se vieron todas frustradas de golpe con el no francés a la aprobación del documento. Si parte de los documentos de los que me he deshecho han alimentado los contenedores del Ayuntamiento para papel y cartón, a la espera de ser reciclados para futuras funciones y servicios, la gran mayoría, por la confidencialidad de la información que contenían, ha ardido en la chimenea, contribuyendo a nutrir  Fahrenheit 451, sublimando recuerdos y esperanzas en la pira del sacrificio.

Lo que menos me costó tirar fueron los originales de artículos publicados en revistas como Cunal, Organización Administrativa, Ahorro, Organización Industrial, Hacienda Publica, Economistas, Torre de los Lujanes…ellos ya se ganaron un lugar en la memoria colectiva de alguna hemeroteca y quedan al servicio de quienes puedan estar interesados en los temas tratados en ellos. Tambien he aprovechado la criba para deshacerme de documentos sin ninguna utilidad, como folletos publicitarios, revistas antiguas o el programa económico de Podemos.

Me quedan los libros, según el inventario del ordenador, debiera haber 5.328 ejemplares. No se qué destino tendrán los que no encuentren ubicación en los estantes disponibles. Contemplando los que ya he conseguido asignar un lugar en la nueva librería del nuevo salón, me preguntaba con cuáles me quedaría si solo pudiese quedarme con tres y me inclino, en primer lugar, por los tres libros rojos de la física de Freynman. Como él mismo dice, si por un cataclismo la humanidad olvidase todo lo que sabe, habría que hacer todo lo posible por recordar que la materia esta compuesta de átomos. El segundo serían los 45 tomos de la Historia de Roma de Indro Montanelli, que, en esta nueva etapa de mi vida, tengo intención de releer, ya voy por el segundo, en la disputa entre el senador Marco Porcio Catón (El Censor) y el general Publio Cornelio Escipión (El Africano) en el Senado Romano por el tesoro de Siria, parece que el tema de la ambición y la corrupción no son invento del siglo XXI, y el tercero a salvar, sería  alguno de los libros de Tagore.

Decididamente, una de las funciones de la memoria es el olvido, mejor dicho, tener un comportamiento selectivo, estar en un continuo “esto lo guardo” “esto lo tiro”, en función del servicio que considera pueda tener esa información para el futuro. Cuanto menos futuro nos queda, menos memoria necesitamos. Nuevos recuerdos, mínimos, se hacen relevantes, como cuales son las pastillas qué hay que tomar con la cena y dónde se dejaron las gafas.

Al pasar página, tras ella y bajo ella quedan las páginas ya escritas que precedieron a la nueva en blanco. Soy consciente de que en mi nueva página en blanco me queda poco por escribir, pero lo que escriba, espero poder compartirlo con vosotros, mis amigos. Como decían mis abuelos, que eran cántabros, no se debe llorar por la leche derramada y habrá que pensar si queda algo por ordeñar.