Bastaría con recordar la historia
de las dos repúblicas españolas para que el concepto de república suscitase en
España más rechazo que el cólera. Pero cuando ayer (3/6/14), al salir de un
funeral en la iglesia de San José, en el cruce de Alcalá con Gran Vía, mientras yo
bajaba al metro de Retiro, me fui cruzando con quienes, bandera tricolor
en mano y con aire de romeros, marchaban a la Puerta del Sol a reclamar la república, pensé que, como quien va por la autopista en
dirección contraria, el equivocado podría ser yo, lo que me hizo ponerme a
reflexionar sobre la monarquía en mi viaje a casa.
Es evidente que por muchos que
sean, la masa no siempre tiene la razón. De no ser así, no se puede entender
que mientras, a la espera de Fernando VII, media España gritara: “!Viva la
Pepa!” a la par, la otra media gritase “!Vivan las cadenas!”. Alguna de las
dos debiera tener un criterio más acertado que la otra para afirmar lo que decían. Me considero demócrata
y he jurado defender la Constitución, pero confieso que, a la vista de algunos
hechos, estoy empezando a pensar que la democracia, para funcionar debidamente,
requiere de un pueblo culto con criterio crítico, capaz de juzgar con sano
juicio las proclamas y propuestas de los políticos, dejando la visceralidad para los partidos de futbol.
Quienes reclaman la república
parece que se decantan por la desestructuración del estado, el progresivo
desmantelamiento de sus instituciones y la implantación de un sistema
asambleario. El sistema asambleario ya se ha visto que termina en diversas
formas de dictadura. Basta con leerse el “Libro Verde” de Gadafi para conocer
en detalle la aplicación reciente del sistema de asambleas para gobernar un país y
recordar la estructura piramidal de poder que ello constituía y a lo que
llevaba: al encumbramiento de un dictador plenipotenciario sobre una masa desestructurada.
¿República? Ya tenemos 17
repúblicas autonómicas y así nos va. Una de las simplificaciones y
modernizaciones del Estado podría ser potenciar al Senado como cámara regional
y eliminar los parlamentos autonómicos. Además de gastos redundantes,
eliminaríamos la necesidad de tener que reconciliar legislaciones autonómicas discrepantes para
garantizar la unidad de mercado y eliminaríamos los incestuosos debates secesionistas.
Los hay quienes reclaman la
abolición de la monarquía por su coste. Debieran saber que el coste del
Presidente de la República Francesa multiplica por más de tres los gastos de la
Casa Real Española. Otros rechazan la monarquía en base a la libertad, la
igualdad y la democracia. ¿Entienden lo que significa la Corona Española?
Al considerar el significado de
la Monarquía Española, hay que diferenciar monarquía de absolutismo. Es
evidente que nadie quiere un rey absolutista, pero ¿qué pensar de una monarquía
parlamentaria? Pienso que lo que se está empezando a poner en cuestión no es la
Monarquía, sino el parlamentarismo. Mientras la democracia directa tuvo que
ceder el paso al sistema parlamentario ante la imposibilidad de la
participación directa de todos los ciudadanos cuando son millones, los nuevos
sistemas de comunicación telemática abren cauces innovadores a la participación
ciudadana en las cuestiones políticas que les afectan.
Un sistema monárquico
parlamentario, mejor aún si ese sistema parlamentario se sanea de corrupciones y se reestructura para dar
cabida a los nuevos tiempos proporcionando cauces estructurados de expresión
ciudadana y sistemas de control directo a los representantes políticos, un sistema en
el que un rey que reina pero no gobierna, un rey que se ha venido formando
desde la niñez como Jefe del Estado y garante último de las libertadas de los
ciudadanos no parece que sea una mala opción ni que ello merme libertades. En una nación que presume de un Marquez que llegó donde está porque se subió a la moto en muy temprana edad, de un Nadal que juega al tenis desde que pudo sostener una raqueta, ¿vamos a renunciar formar desde su niñez a quien ha de desempeñar el más importante cargo del Estado? La historia reciente avala el
papel de la monarquía parlamentaria en España. No se trata de monarquía o
democracia, sino de contar con un monarca garante de la democracia y, añado, e impulsor de su
mejora.
El núcleo de la cuestión, la
verdadera esencia de la Monarquía Española radica en la alianza entre la Corona
y el pueblo para garantizar que los poderosos no van a abusar de su poder con el pueblo. Todos los reforzamientos de la
monarquía española se hicieron a expensas de los privilegios de la nobleza, lo
que redundó en mayores libertades para el pueblo. La
muestra paradigmática de esa alianza la encontramos en las Leyes de Indias,
donde la Corona legisla en defensa de los subditos americanos para defenderlos de los
abusos de los encomenderos. Los entonces súbditos han pasado hoy a ser ciudadanos, pero el Rey de España sigue siendo el Rey para
muchos sudamericanos, aunque no figure con ese título en las constituciones de
sus países y es el Rey el mejor representante del pueblo español y de la marca España
en el mundo.
No es el pueblo, el demos, el enemigo de
la corona, sino las ambiciones de los poderosos que no quieren techo para sus
aspiraciones de poder ni controles sobre el ejercicio de sus atribuciones.
Desgraciadamente, son muchos los que necesitan de alguien con autoridad que les advierta de
vez en cuando: “¿Por qué no te callas?”.