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martes, 3 de junio de 2014

En Defensa de la Monarquía





Bastaría con recordar la historia de las dos repúblicas españolas para que el concepto de república suscitase en España más rechazo que el cólera. Pero cuando ayer (3/6/14), al salir de un funeral en la iglesia de San José, en el cruce de Alcalá con Gran Vía, mientras yo bajaba al metro de Retiro, me fui cruzando con quienes, bandera tricolor en mano y con aire de romeros, marchaban a la Puerta del Sol a reclamar la república, pensé que, como quien va por la autopista en dirección contraria, el equivocado podría ser yo, lo que me hizo ponerme a reflexionar sobre la monarquía en mi viaje a casa.

Es evidente que por muchos que sean, la masa no siempre tiene la razón. De no ser así, no se puede entender que mientras, a la espera de Fernando VII, media España gritara: “!Viva la Pepa!” a la par, la otra media gritase “!Vivan las cadenas!”. Alguna de las dos debiera tener un criterio más acertado que la otra para afirmar lo que decían. Me considero demócrata y he jurado defender la Constitución, pero confieso que, a la vista de algunos hechos, estoy empezando a pensar que la democracia, para funcionar debidamente, requiere de un pueblo culto con criterio crítico, capaz de juzgar con sano juicio las proclamas y propuestas de los políticos, dejando la visceralidad para los partidos de futbol.

Quienes reclaman la república parece que se decantan por la desestructuración del estado, el progresivo desmantelamiento de sus instituciones y la implantación de un sistema asambleario. El sistema asambleario ya se ha visto que termina en diversas formas de dictadura. Basta con leerse el “Libro Verde” de Gadafi para conocer en detalle la aplicación reciente del sistema de asambleas para gobernar un país y recordar la estructura piramidal de poder que ello constituía y a lo que llevaba: al encumbramiento de un dictador plenipotenciario sobre una masa desestructurada.

¿República? Ya tenemos 17 repúblicas autonómicas y así nos va. Una de las simplificaciones y modernizaciones del Estado podría ser potenciar al Senado como cámara regional y eliminar los parlamentos autonómicos. Además de gastos redundantes, eliminaríamos la necesidad de tener que reconciliar legislaciones autonómicas discrepantes para garantizar la unidad de mercado y  eliminaríamos los incestuosos debates secesionistas.

Los hay quienes reclaman la abolición de la monarquía por su coste. Debieran saber que el coste del Presidente de la República Francesa multiplica por más de tres los gastos de la Casa Real Española. Otros rechazan la monarquía en base a la libertad, la igualdad y la democracia. ¿Entienden lo que significa la Corona Española?

Al considerar el significado de la Monarquía Española, hay que diferenciar monarquía de absolutismo. Es evidente que nadie quiere un rey absolutista, pero ¿qué pensar de una monarquía parlamentaria? Pienso que lo que se está empezando a poner en cuestión no es la Monarquía, sino el parlamentarismo. Mientras la democracia directa tuvo que ceder el paso al sistema parlamentario ante la imposibilidad de la participación directa de todos los ciudadanos cuando son millones, los nuevos sistemas de comunicación telemática abren cauces innovadores a la participación ciudadana en las cuestiones políticas que les afectan.

Un sistema monárquico parlamentario, mejor aún si ese sistema parlamentario se sanea de corrupciones y se reestructura para dar cabida a los nuevos tiempos proporcionando cauces estructurados de expresión ciudadana y sistemas de control directo a los representantes políticos, un sistema en el que un rey que reina pero no gobierna, un rey que se ha venido formando desde la niñez como Jefe del Estado y garante último de las libertadas de los ciudadanos no parece que sea una mala opción ni que ello merme libertades. En una nación que presume de un Marquez que llegó donde está porque se subió a la moto en muy temprana edad, de un Nadal que juega al tenis desde que pudo sostener una raqueta, ¿vamos a renunciar formar desde su niñez a quien ha de desempeñar el más importante cargo del Estado? La historia reciente avala el papel de la monarquía parlamentaria en España. No se trata de monarquía o democracia, sino de contar con un monarca garante de la democracia y, añado, e impulsor de su mejora.

El núcleo de la cuestión, la verdadera esencia de la Monarquía Española radica en la alianza entre la Corona y el pueblo para garantizar que los poderosos no van a abusar de su poder con el pueblo. Todos los reforzamientos de la monarquía española se hicieron a expensas de los privilegios de la nobleza, lo que redundó en mayores libertades para el pueblo. La muestra paradigmática de esa alianza la encontramos en las Leyes de Indias, donde la Corona legisla en defensa de los subditos americanos para defenderlos de los abusos de los encomenderos. Los entonces súbditos han pasado hoy a ser ciudadanos, pero el Rey de España sigue siendo el Rey para muchos sudamericanos, aunque no figure con ese título en las constituciones de sus países y es el Rey el mejor representante del pueblo español y de la marca España en el mundo. 

 No es el pueblo, el demos, el enemigo de la corona, sino las ambiciones de los poderosos que no quieren techo para sus aspiraciones de poder ni controles sobre el ejercicio de sus atribuciones. Desgraciadamente, son muchos los que necesitan de alguien con autoridad que les advierta de vez en cuando: “¿Por qué no te callas?”.