Vidas Paralelas
Relato breve
Ulani era soltero y vivía solo en su acojedor y luminoso bungalow, abierto al horizonte y bañado por el sol, en el pueblo de Pahua, junto a la
costa oeste del atolón de Mataiva, una de las múltiples islas que integran el
grupo de las Islas Tuamotu de la Polinesia Francesa. Entre otras ventajas, Mataiva
tiene aeropuerto, abundante pesca, un buen clima entre 23 y 30 grados, playas
de ensueño y fina arena bordeadas de palmeras y una espectacular laguna interior. El
bungalow de Ulani está junto al corto brazo de mar que une el océano con la laguna
central. Esa mañana, terminado el desayuno, se fue, como tantas veces, al
cercano puntal del este, a contemplar el amanecer sobre las aguas de la laguna.
Se diría que tenía urgencia de que comenzase el día y va a su encuentro. El vivo
sol tropical se alzaba perezoso a la vez que su reflejo se hundía en las azules
aguas tiñiéndolas de rojo. Ulani llenó sus pulmones con la brisa que le
acariciaba las mejillas, mientras esbozaba una sonrisa de satisfacción. Cerró
un instante los ojos ante la luz cegadora mientras se deleitaba con la suave calina del amanecer tropical sobre su rostro y se sintió feliz. La vida le había
tratado bien, estaba a punto de cumplir cincuenta años y se había pasado toda su
vida haciendo lo que más le gustaba, lo que siempre había querido hacer: pescar
en el océano. Tenia un pequeño cobertizo al borde de la playa oriental en el que
servia de comer al medio día los frutos que el océano le había proporcionado la
tarde-noche anterior. Solía comer acompañádo de algún cliente rezagado, todos ellos amigos y vecinos y, tras las comidas, después de recoger las mesas y fregar
los platos, cerraba el restaurante, se tumbaba en la hamaca que tenia tendida a
la sombra entre dos cocoteros y tras sestear en ella lo que el cuerpo le
pidiese, solía compartir el resto de la tarde con los amigos que se acercaban a
visitarlo y con quienes charlaba amenamente, en torno a unos Mar Tai bien fríos, hasta la hora de la
pesca. Todos los atardeceres se embarcaba en su cayuco de madera de ceiba,
armado de su aparejo, para salir a pescar. Con frecuencia capturaba alguna tortuga
y la sopa de tortuga nunca faltaba en el menú.
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La vida de Geremy era agitada. Estaba soltero y vivía solo en un lujoso pero sombrío apartamento del bajo Manhattan, aculto al sol y al mundo tras la mole de un gigantesco rascacielos. Toda su
preocupación y todos sus desvelos los dedicaba al trabajo. Un trabajo frenético
y estresante. Era broker en Wall Street. Esa mañana era especialmente tensa,
China había revaluado el yuan y los teléfonos nos dejaban de sonar. Las órdenes
de ventas se acumulaban mientras las coloreadas pantallas de plasma parpadeaban
con cotizaciones en números rojos que se iban sucediendo, precipitando a la baja los precios, y
gráficos que iniciaban una pendiente descendiente que se agudizaba por
momentos. Era un día especialmente malo que predecía toda una larga serie de
jornadas deprimentes. El pánico llenaba la sala y se reflejaba en la crispación de los rostros. Pero no era ese día el primero de su clase. No muchas
semanas antes, la crisis de Grecia que la política económica del nuevo gobierno
de Syriza había desencadenado generó otra tanda de jornadas parecidas; mientras
el Ministro de Finanzas griego,
Yanis Varufakis, echaba un pulso sin esperanza a la Troica, los mercados
mundiales se resentían de la maniobra. La vida de Geremy era trepidante y la
adrenalina era una asidua compañera laboral. Por añadidura, ese fin de semana
tenía que ir al seminario sobre los nuevos ETFs y el próximo viernes empalmaría
con el siguiente lunes sin tregua ni reposo. El trabajo en Wall Street era acelerado e intenso, además, Nueva York nunca duerme. Salvo esporádicas comidas de negocios en algún restaurante cercano, tenía costumbre de comer en la oficina un par de sanwishes y, al final de la jornada iba al Smith´s Bar, en la 44 con la 8th, a tomar un martini seco, las más de las veces solo. Pero Geremy lo aguantaba porque vivía
enfocado en sus dos grandes objetivos: ganar la mayor cantidad de dinero que
pudiese conseguir en el menor tiempo posible y jubilarse antes de los 50 años.
Cuando, finalmente, Geremy se jubiló,
liquidó todos sus activos, transfirió los fondos, hizo las maletas y partió
para la Polinesia Francesa. Él era canadiense, de Montreal, y le apetecía vivir
en un territorio donde se hablase francés, su lengua materna, pero prefería
retirarse a las cálidas playas tropicales en lugar de volver a los gélidos
inviernos del Québec, en los que los témpanos de hilo derriban los tendidos
eléctricos y los ciudadanos tienen que refugiarse en los acondicionados y
comerciales sótanos de las ciudades. Entre las múltiples islas que configuran
la Polinesia Francesa, eligió el atolón de Mataiva porque, entre otras cosas,
tenía aeropuerto, abundante pesca, un buen clima entre 23 y 30 grados, playas
de ensueño y fina arena bordeadas de palmeras y una espectacular laguna central. Se compraría
un bungalow, se compraría una barca, y todos los atardeceres se pensaba
embarcar en su pequeña barca, armado de su aparejo, para salir a pescar.
Geremy compró un bungalow que estaba junto al corto brazo de mar que une
el océano con la laguna central. Esa mañana, terminado el desayuno, se fue, por
primera vez, al cercano puntal del este, a contemplar el amanecer sobre las
aguas de la laguna. Se diría que tenía urgencia de que comienzase el día y va a
su encuentro. El vivo sol tropical se alzaba perezoso a la vez que su reflejo
se hundía en las azules aguas tiñiéndolas de rojo. Geremy llenó sus pulmones
con la brisa que le acariciaba las mejillas, mientras esbozaba una sonrisa de
satisfacción. Cerró un instante los ojos ante la luz cegadora mientras se deleitaba con la suave calina del amanecer tropical sobre su rostro y se sintió feliz.
La vida lo había tratado bien, estaba a punto de cumplir cincuenta años y, por
fin, podría hacer lo que más le gustaba, lo que siempre había querido hacer:
pescar en el océano.