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lunes, 21 de abril de 2014

Toda amputación es traumática




Durante las Negociaciones de Paz de la Antigua Yugoslavia, en las que participé como consultor de la Unión Europea, nuestro grupo (Documentación y Archivos) fue el primero que llegó a un acuerdo y firmamos un documento de consenso que, semanas más tarde, pasó a ser una parte integrante del Tratado de Paz. Esa mañana, tras pulir la redacción del acuerdo alcanzado, logrando eliminar los últimos matices de aquellos términos que todavía levantaban alguna suspicacia por parte de los firmantes, el presidente del grupo entregó al secretario las últimas correcciones para que las pasase a limpio. Hechas las correcciones,  firmamos todos los presentes, unos como representantes de los nuevos estados y otros lo hicimos como testigos, y, con una sensación de triunfo y euforia, levantamos la sesión. Llegamos los primeros al comedor que se había habilitado para los negociadores en el Château de Val-Duchesse de Bruselas, donde se celebraba la Conferencia de Paz. Por primera vez desde el inicio de las negociaciones, todos los miembros de nuestro grupo nos sentamos juntos a una misma mesa. Lo normal es que en las comidas se reunieran por nacionalidades, los serbios con los serbios, los macedonios con los macedonios, los croatas con los croatas…mientras los funcionarios de la Unión Europea, que ostentaban las presidencias de los diferentes grupos de negociación y las secretarías, se reunían entre ellos, al tiempo que, los consultores externos, unos días nos íbamos con otros consultores y otras nos pegábamos al presidente de nuestro grupo, en función de las necesidades de información de cada momento.

Pero ese día, histórico, o al menos eso me parecía a mí, todo el grupo de Documentación y Archivos, nos sentamos juntos a compartir el pan sobre una misma mesa. Recuerdo que yo estaba en una esquina de la mesa. A mi derecha, se sentó el representante croata y a mi izquierda, doblando la esquina, el representante serbio. El ambiente era eufórico y distendido y la conversación, desnuda de formalismos, ocultas intenciones y tensiones, resultaba personal y relajada. Tras tantos meses juntos, era como si nunca nos hubiésemos hablado y estuviésemos deseosos por conocernos y saber los unos de los otros. En un momento dado, el representante serbio se lamentó de que “lo que más sentía de la guerra, era que, su abuela, que era croata, había dejado de hablarlo”. A lo que, el croata, que participaba de nuestra conversación, respondió: “Yo el problema lo tengo con mi mujer, que es serbia”.

Creo que la escena lo dice todo y sintetiza el sentido del título. No hace falta que haya sangre para que una amputación social genere dolor y trauma.