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miércoles, 4 de diciembre de 2013

¿Qué es España?



Identidad de España                
Por Carlos del Ama

El papel aglutinante de la religión

En el trasfondo de toda organización política hay una ideología que la justifica y alimenta. Con frecuencia, la ideología de los estados ha estado vinculada a la religión: La teocracia judía, la divinización del Emperador en Roma o de los faraones en Egipto o la del Emperador de Japón; unificar el poder político y el religioso en el Caesar-Augusto o en el Inca elegido por el dios Sol o en la Reina de Inglaterra, las declaraciones públicas de algunos estados, como “In God we trust”, “Got mit uns” o “Por la gracia de Dios”... Para los suníes, la ideología política del mundo islámico sería una radicalización del Califato, en el que se integran el poder político y el religioso. Los shiies van más allá y buscan el estado teocrático en el que el código civil es la Sharia, asumida como la ley de Dios. La muestra extrema de lo que podría ser un imperio islámico la tenemos en el régimen talibán afgano, sobre todo, a partir del año 2001, con la obligación de mostrar signos externos, públicos y privados, que demuestren el grado de identificación religiosa de cada individuo y de la sociedad: burka obligatorio para todas las mujeres, turbante y barba para los hombres, se margina a las mujeres de la enseñanza y de realizar trabajos fuera de casa, distintivo amarillo para los no musulmanes, demolición de estatuas budistas, se prohíben la música, la televisión y la radio... Para entender lo que significa un gobierno teocrático lo mejor es recordar lo que fue el Reino de Israel en el Libro de los Reyes. Recordemos lo que decía Ibn Khaldun, teórico del imperio turco, “la identidad de un pueblo (asabiya) depende de las creencias comunes de sus ciudadanos y fundamentalmente de las religiosas”. Otro ejemplo, más cercano a nosotros, de aplicación de la religión a la ideología del estado, lo encontramos en los fundamentos ideológicos del imperio español y la influencia que tuvo la religión en la concepción del estado por Carlos V.

Herederos de Roma y de Cartago, descendientes de Iberos y Celtas, los españoles, medio moros medio godos, se vieron obligados a escoger en plena Edad Media entre África y Europa, entre Islam y Cristianismo, y el 16 de Julio de 1212, en las Navas de Tolosa, eligieron a Europa. El que la decisión se tomase con el apoyo de un ejército europeo de cruzados amparados por una bula papal es relevante. A partir de ese momento, España se va configurando como nación de pueblos diversos unificados bajo la cruz. Terminada la reconquista como una cruzada, la nueva nación se entronca con la tradición imperial romano-germánica, asumiendo la misión de extender un Imperio que se interpreta como la creación de un ámbito político en el que la diversidad de pueblos, lenguas y culturas puedan convivir gracias a una misma fe integradora. La expulsión de moros y judíos no conversos es un modo de afianzar la unidad religiosa dentro de un estado confesional. Lo esencial del ser alemán es la sangre. Ser alemán es ser descendiente de alemanes, basta un abuelo alemán y eres miembro del Vaterland, no importa que lleves tres generaciones naciendo y viviendo en Polonia. Lo esencial del ser francés es el derecho. Para ser francés se tiene que ser ciudadano de la República, no importa ni quienes son tus abuelos ni dónde naciste, lo necesario es tener una Carta de Identidad en la que se te acredite como ciudadano francés. Lo esencial para muchos países es el lugar de nacimiento, para otros la residencia. Lo esencial del ser Estadounidense es pagar impuestos en Estados Unidos. Lo esencial de ser español es la fe. Para ser español tenias que ser cristiano viejo o converso.

Los principales teóricos de la política imperial española: Erasmus, Juan Luís de Vives, Saavedra Fajardo, Francisco de Vitoria; consideran que el Imperio, la unidad política, está fundada en un vínculo espiritual capaz de proporcionar la unidad en la diversidad. El Imperio, en el fondo, sigue siendo el Sacro Imperio. Toman por modelo la concepción teológica del Cuerpo Místico, "Filosofia Cristi", considerando que los diferentes pueblos del Imperio son miembros de un mismo cuerpo. Un concepto orgánico del estado, en el que el príncipe es cabeza y cuya vida alienta gracias a un mismo espíritu. Pero ese príncipe es un "principis cristiani", como defenderá Erasmo en su "Institutio" y perfilará Saavedra Fajardo en su "Idea de un príncipe político cristiano". Para Juan Luís de Vives, la misión del imperio consistiría en “fomentar el diálogo, desarrollar el comercio y potenciar las ciudades”. Francisco de Vitoria aportará las bases jurídicas de un derecho de gentes al que "ninguna nación puede darse por no obligada" y aduce tres razones por las que se debe crear una sola república para todo el orbe:

-El cosmos es una unidad.
-La Iglesia es una República y un cuerpo universal.
-Es posible erigir un nuevo Estado.

Al poner a la Iglesia como modelo de Republica Universal, destaca que su acción de gobierno no se verá entorpecida por las diferencias entre los pueblos, si se cuenta con buenos medios de comunicación. Una República Universal garantizaría, en opinión de Francisco de Vitoria, tres derechos legítimos a todos los hombres:

-El derecho a emigrar.
-El derecho al comercio.
-El derecho a predicar.

Libertad de residencia, libre comercio y libertad de expresión pasarán a ser reconocidos como derechos básicos por la Unión Europea.

España asume la ideología de "Un Monarca, un Imperio y una Espada", como expresión de unidad político-militar del cuerpo místico constituido por la unidad de fe. El ideal universal, católico, del estado español permanece y se afianza hasta que el Cardenal Richelieu corta la yugular del Imperio al apoderarse del paso de la Valtelina, un amplio y bello valle que bordea la frontera suiza y remata el Estelvio, uniendo el Milanesado con Austria. Lo tremendo no fue la pérdida de la Valtelina, sino el desgajar el ideal católico del estado español, razonando que Francia está en su derecho de conquistar la Valtelina, dado que no es lo mismo el catolicismo que el imperio español. O, dicho con las palabras del cardenal: "Como si Dios sufriese detrimento alguno porque los españoles perdiesen el paso de la Valtelina". El ideal español de Imperio Cristiano se desmorona a manos y en boca de Richelieu. El enemigo ha dejado de ser el infiel y el hereje para pasar a serlo un Cardenal de la Iglesia, que se alía con los protestantes suecos y con los infieles otomanos. Bien es cierto que Richelieu era un soldado, un militar que cantó misa para que su familia no perdiese las rentas de un tío prelado que había fallecido, pero el que un Cardenal atacase la idea del Imperio Cristiano deshacía ideológicamente un proyecto de unidad que se basaba en la universalidad de la fe, en la catolicidad. Catolicidad fortalecida históricamente en la lucha contra infieles y paganos, frente a la Ortodoxia oriental y los protestantismos nacionalistas. Y España se quedó, de un tajo, sin proyecto político y sin ideal como nación.

La pérdida del ideal integrador

La España vencedora de Nördlingen, que en alianza con la católica Polonia se disponía a conquistar la Suecia protestante, pierde su ideal de misión universalizadora y evangelizadora. Contra el concepto español de Imperio Cristiano como marco político en el que convivan pueblos diversos, Richelieu enfrenta como alternativa la idea de Europa como equilibrio de fuerzas entre naciones independientes y soberanas que actúan en defensa de su propia razón de estado y, habría que añadir, confesionalmente  laicas. Frente a los planteamientos místicos y jurídicos que anteponen el bien general del mundo al particular de las naciones, se impone la razón de estado en su más descarnado maquiavelismo. La teoría del equilibrio de fuerzas plantea y anima a que las naciones más débiles deban de unirse contra el más fuerte. Ocurrió contra Felipe IV, contra Napoleón, contra Hitler...

España, tras los acuerdos de Wesfalia y la Paz de los Pirineos, se retira de una Europa concebida contra ella y le da la espalda en la adversidad y en la prosperidad. Frente a la nueva Europa, España queda al margen de sus logros y sus guerras. Será Europa la que venga a ella, beligerante, con las huestes napoleónicas cuando, una vez más, europeos y africanos, polacos y mamelucos, la invadan vestidos ambos de franceses. Muchos factores intervinieron en la marginación de España, pero la pérdida de sus ideales, de su misión como nación, fue decisiva. Y tras Napoleón, España se rompe en Las Españas, unas Españas que inician una guerra de independencia contra el invasor francés que pretende gobernarlos desde Madrid y la terminan dando la espalda al Madrid liberado de los franceses. No volverá España a asumir un papel relevante en Europa ni en el mundo hasta que Europa supere la política de enfrentamientos y equilibrios de fuerzas instaurada por Richelieu, para plantear un paradigma de unidad con respeto a la diversidad que defienda el derecho a la libertad de residencia, de comercio y de expresión. Tendrán que pasar varias guerras, de las que en dos se involucra al mundo y de las que España se mantiene al margen; hasta que “el equilibrio de fuerzas” se margine como pauta y guía de la política interior europea, para dar paso a una nueva definición de Europa como un ámbito común de libertad, seguridad y justicia[1].

El ideal europeo

Pero la búsqueda de la unidad universal desde el respeto a la diversidad no es sólo un anhelo español. En el manifiesto electoral, redactado con motivo del referéndum tras la salida de Alemania de la Sociedad de Naciones, Heidegger afirma que "La voluntad de crear una auténtica comunidad de pueblos no habrá de hacerse a partir de una hermandad mundial sin fundamento ni obligación, ni debe exponerse a una ciega tiranía. Hay que ejercer esta voluntad más allá de tal oposición. Que los pueblos y estados puedan mantener su individualidad y a la vez relacionarse conjuntamente de forma abierta y viril. (...) Nuestra voluntad de alcanzar la auto-responsabilidad nacional requiere también que cada nación encuentre y retenga la grandeza y la veracidad de su destino. Esta voluntad es la mejor garantía para la seguridad de los pueblos, ya que éstos se unirán apelando al respeto viril y el destino absoluto." Con la separación de Alemania de la Comunidad de Naciones, afirma que Alemania "crea la posibilidad de una auténtica comunidad en la que cada nación se reafirmará en sí misma para poder llegar a la unidad."

Después de siglos de enfrentamientos y violencia en el continente, surge la colaboración entre las naciones europeas y se crea la Unión Europea. Tras el ocaso de una larga secuela de belicosos imperios fracasados y no pocos años de guerras de religión fraticidas, amanece la unidad voluntaria y concertada de un continente solidario en el que el principal objetivo es el fin de las guerras. Y arrinconadas las armas, surge en Europa la esperanza de la paz. Con la Unión Europea se cierra la política de equilibrios de poder que inventase Richelieu y se abre una alternativa al imperio de uno sobre todos. Un ámbito en el que la acción comunicativa sea la que impere, y en el que los problemas puedan resolverse mediante el diálogo, se impondrá sobre la acción de dominio, en la que la constante para lograr la acción coordinada sea el recurso a la violencia.

Y ¿en qué se nos queda España?

En su reencuentro con Europa dentro de la Unión, España se reencuentra a si misma. En un mundo progresivamente laico, ya no es requisito para obtener la ciudadanía española el estar bautizado, pero en el fondo de su ser, España sigue siendo una pluralidad con un anhelo común trascendente, cosmopolita, universal, católico. Aunque la religión ha perdido gran parte del importante grado de identificación nacional que tuvo, la universalidad que le imprimió el catolicismo, al sentirse miembros de una iglesia universal, sigue siendo vigorosa como carácter de lo español. El español es un hombre sin fronteras que se encuentra en casa ya sea en Ávila como en Arévalo, tanto en Buenos Aires como en Cádiz, tanto en París como en Manila, porque el español sabe que su vida es un río que corre hacia un destino común y se sabe que va de camino, por lo que como se siente más a gusto es haciendo camino. Somos un pueblo de viajeros, navegantes, emigrantes y descubridores. Somos el pueblo de Balboa y de El Cano, a quienes no les detienen ni continentes ni océanos. Aunque cada español tiene un sitio preferente al cual volver, siente que su hogar es el mundo. Lo antiespañol no es oponerse al poder central, lo antiespañol es vivir dentro de un horizonte mental reducido, es el provincianismo, el paletismo, el aldeanismo, el catetismo, la falta asfixiante de universalidad. Donde el español se siente más español y descubre lo que significa ser español es fuera de España.

Citando a Menéndez Pelayo en el Prologo de los Heterodoxos españoles, podemos decir que “Dios nos concedió la victoria y premio al esfuerzo perseverante, dándonos el destino más alto de los destinos de la historia humana. El de completar el planeta. Borrar los antiguos linderos del mundo”. España es, en esencia, “Plus Ultra” y la fe en el más allá. España y el español necesitan encontrarse en un ámbito que les libere de sus propias fronteras y les ofrezca horizontes abiertos. España fue plenamente España dentro del Imperio Español cuando en él no se ponía el sol, como Hispania lo fue dentro del mundo romano. Si la Unión Europea no se hubiese fraguado, España necesitaría inventarla para poder volver a ser España. Como dijo Ortega, “España es el problema y Europa la solución”. El español sabe que lo importante no es dónde se está, sino quien se es y con quién se está. Su aspiración es poder estar en cualquier sitio y poder ir a todos aunque no vaya a ninguno, porque allá donde vaya y esté donde esté sabe que en todos los sitios estará de paso pero seguirá siendo lo que es, y siempre fue: un anhelo de más allá.

En un mundo globalizado en el que se impone tener conciencia y presencia internacional, los valores del español son un activo en alza que se realza como ciudadanos de Europa.



Nota: Como complemento del tema, se recomienda la lectura, sobre la identidad de Europa, de la serie de cuatro artículos siguiente: