Identidad de España
Por
Carlos del Ama
El papel aglutinante de la religión
En el
trasfondo de toda organización política hay una ideología que la justifica y
alimenta. Con frecuencia, la ideología de los estados ha estado vinculada a la
religión: La teocracia judía, la divinización del Emperador en Roma o de los
faraones en Egipto o la del Emperador de Japón; unificar el poder político y el
religioso en el Caesar-Augusto o en el Inca elegido por el dios Sol o en la Reina de Inglaterra, las
declaraciones públicas de algunos estados, como “In God we trust”, “Got mit
uns” o “Por la gracia de Dios”... Para los suníes,
la ideología política del mundo islámico sería una radicalización del Califato,
en el que se integran el poder político y el religioso. Los shiies van más allá y buscan el estado
teocrático en el que el código civil es la Sharia, asumida como la ley de Dios. La muestra extrema de lo que podría ser un imperio islámico la
tenemos en el régimen talibán afgano, sobre todo, a partir del año 2001, con la
obligación de mostrar signos externos, públicos y privados, que demuestren el
grado de identificación religiosa de cada individuo y de la sociedad: burka
obligatorio para todas las mujeres, turbante y barba para los hombres, se
margina a las mujeres de la enseñanza y de realizar trabajos fuera de casa,
distintivo amarillo para los no musulmanes, demolición de estatuas budistas, se
prohíben la música, la televisión y la radio... Para entender lo que significa
un gobierno teocrático lo mejor es recordar lo que fue el Reino de Israel en el
Libro de los Reyes. Recordemos lo que
decía Ibn Khaldun, teórico del imperio turco, “la identidad de un pueblo
(asabiya) depende de las creencias comunes de sus ciudadanos y fundamentalmente
de las religiosas”. Otro ejemplo, más cercano a nosotros, de
aplicación de la religión a la ideología del estado, lo encontramos en los
fundamentos ideológicos del imperio español y la influencia que tuvo la
religión en la concepción del estado por Carlos V.
Herederos de Roma y de Cartago, descendientes
de Iberos y Celtas, los españoles, medio moros medio godos, se vieron obligados
a escoger en plena Edad Media entre África y Europa, entre Islam y
Cristianismo, y el 16 de Julio de 1212, en las Navas de Tolosa, eligieron a
Europa. El que la decisión se tomase con el apoyo de un ejército europeo de cruzados
amparados por una bula papal es relevante. A partir de ese momento, España se
va configurando como nación de pueblos diversos unificados bajo la cruz.
Terminada la reconquista como una cruzada, la nueva nación se entronca con la
tradición imperial romano-germánica, asumiendo la misión de extender un Imperio
que se interpreta como la creación de un ámbito político en el que la
diversidad de pueblos, lenguas y culturas puedan convivir gracias a una misma
fe integradora. La expulsión de moros y judíos no conversos es un modo de
afianzar la unidad religiosa dentro de un estado confesional. Lo esencial del
ser alemán es la sangre. Ser alemán es ser descendiente de alemanes, basta un
abuelo alemán y eres miembro del Vaterland,
no importa que lleves tres generaciones naciendo y viviendo en Polonia. Lo
esencial del ser francés es el derecho. Para ser francés se tiene que ser
ciudadano de la República, no importa ni quienes son tus abuelos ni dónde
naciste, lo necesario es tener una Carta de Identidad en la que se te acredite
como ciudadano francés. Lo esencial para muchos países es el lugar de
nacimiento, para otros la residencia. Lo esencial del ser Estadounidense es
pagar impuestos en Estados Unidos. Lo esencial de ser español es la fe. Para
ser español tenias que ser cristiano viejo o converso.
Los principales teóricos de la política
imperial española: Erasmus, Juan Luís de Vives, Saavedra Fajardo, Francisco de
Vitoria; consideran que el Imperio, la unidad política, está fundada en un
vínculo espiritual capaz de proporcionar la unidad en la diversidad. El
Imperio, en el fondo, sigue siendo el Sacro Imperio. Toman por modelo la
concepción teológica del Cuerpo Místico, "Filosofia Cristi",
considerando que los diferentes pueblos del Imperio son miembros de un mismo
cuerpo. Un concepto orgánico del estado, en el que el príncipe es cabeza y cuya
vida alienta gracias a un mismo espíritu. Pero ese príncipe es un "principis
cristiani", como defenderá Erasmo en su "Institutio"
y perfilará Saavedra Fajardo en su "Idea de un príncipe político
cristiano". Para Juan Luís de Vives, la misión del imperio consistiría en
“fomentar el diálogo, desarrollar el comercio y potenciar las ciudades”.
Francisco de Vitoria aportará las bases jurídicas de un derecho de gentes al
que "ninguna nación puede darse por no obligada" y aduce tres razones
por las que se debe crear una sola república para todo el orbe:
-El cosmos es una unidad.
-La Iglesia es una República y
un cuerpo universal.
-Es posible erigir un nuevo Estado.
Al poner a la Iglesia como modelo de
Republica Universal, destaca que su acción de gobierno no se verá entorpecida
por las diferencias entre los pueblos, si se cuenta con buenos medios de
comunicación. Una República Universal garantizaría, en opinión de Francisco de
Vitoria, tres derechos legítimos a todos los hombres:
-El derecho a emigrar.
-El derecho al comercio.
-El derecho a predicar.
Libertad de residencia, libre comercio y
libertad de expresión pasarán a ser reconocidos como derechos básicos por la Unión Europea.
España asume la ideología de "Un
Monarca, un Imperio y una Espada", como expresión de unidad
político-militar del cuerpo místico constituido por la unidad de fe. El ideal
universal, católico, del estado español permanece y se afianza hasta que el
Cardenal Richelieu corta la yugular del Imperio al apoderarse del paso de la Valtelina, un amplio y
bello valle que bordea la frontera suiza y remata el Estelvio, uniendo el
Milanesado con Austria. Lo tremendo no fue la pérdida de la Valtelina, sino el
desgajar el ideal católico del estado español, razonando que Francia está en su
derecho de conquistar la Valtelina, dado que no es lo mismo el catolicismo que el imperio español. O, dicho con las
palabras del cardenal: "Como si Dios sufriese detrimento alguno porque los
españoles perdiesen el paso de la
Valtelina". El ideal español de Imperio Cristiano se
desmorona a manos y en boca de Richelieu. El enemigo ha dejado de ser el infiel
y el hereje para pasar a serlo un Cardenal de la Iglesia, que se alía con
los protestantes suecos y con los infieles otomanos. Bien es cierto que
Richelieu era un soldado, un militar que cantó misa para que su familia no
perdiese las rentas de un tío prelado que había fallecido, pero el que un
Cardenal atacase la idea del Imperio Cristiano deshacía ideológicamente un
proyecto de unidad que se basaba en la universalidad de la fe, en la
catolicidad. Catolicidad fortalecida históricamente en la lucha contra infieles
y paganos, frente a la Ortodoxia oriental y los protestantismos nacionalistas. Y
España se quedó, de un tajo, sin proyecto político y sin ideal como nación.
La pérdida del
ideal integrador
La España vencedora de Nördlingen, que en alianza con la católica Polonia se
disponía a conquistar la Suecia
protestante, pierde su ideal de misión universalizadora y evangelizadora.
Contra el concepto español de Imperio Cristiano como marco político en el que
convivan pueblos diversos, Richelieu enfrenta como alternativa la idea de
Europa como equilibrio de fuerzas entre naciones independientes y soberanas que
actúan en defensa de su propia razón de
estado y, habría que añadir, confesionalmente laicas. Frente a los planteamientos místicos y
jurídicos que anteponen el bien general del mundo al particular de las
naciones, se impone la razón de estado en su más descarnado maquiavelismo. La
teoría del equilibrio de fuerzas plantea y anima a que las naciones más débiles
deban de unirse contra el más fuerte. Ocurrió contra Felipe IV, contra
Napoleón, contra Hitler...
España, tras los acuerdos de Wesfalia y la Paz de los Pirineos, se retira
de una Europa concebida contra ella y le da la espalda en la adversidad y en la
prosperidad. Frente a la nueva Europa, España queda al margen de sus logros y
sus guerras. Será Europa la que venga a ella, beligerante, con las huestes
napoleónicas cuando, una vez más, europeos y africanos, polacos y mamelucos, la
invadan vestidos ambos de franceses. Muchos factores intervinieron en la
marginación de España, pero la pérdida de sus ideales, de su misión como
nación, fue decisiva. Y tras Napoleón, España se rompe en Las Españas, unas
Españas que inician una guerra de independencia contra el invasor francés que
pretende gobernarlos desde Madrid y la terminan dando la espalda al Madrid
liberado de los franceses. No volverá España a asumir un papel relevante en
Europa ni en el mundo hasta que Europa supere la política de enfrentamientos y
equilibrios de fuerzas instaurada por Richelieu, para plantear un paradigma de
unidad con respeto a la diversidad que defienda el derecho a la libertad de
residencia, de comercio y de expresión.
Tendrán que pasar varias guerras, de las que en dos se involucra al mundo y de
las que España se mantiene al margen; hasta que “el equilibrio de fuerzas” se
margine como pauta y guía de la política interior europea, para dar paso a una
nueva definición de Europa como un ámbito común de libertad, seguridad y
justicia[1].
El ideal europeo
Pero la búsqueda de la unidad universal desde el respeto a
la diversidad no es sólo un anhelo español. En el manifiesto electoral,
redactado con motivo del referéndum tras la salida de Alemania de la Sociedad de Naciones,
Heidegger afirma que "La voluntad de crear una auténtica comunidad de
pueblos no habrá de hacerse a partir de una hermandad mundial sin fundamento ni
obligación, ni debe exponerse a una ciega tiranía. Hay que ejercer esta
voluntad más allá de tal oposición. Que los pueblos y estados puedan
mantener su individualidad y a la vez relacionarse conjuntamente de forma
abierta y viril. (...) Nuestra voluntad
de alcanzar la auto-responsabilidad nacional requiere también que cada nación
encuentre y retenga la grandeza y la veracidad de su destino. Esta voluntad es
la mejor garantía para la seguridad de los pueblos, ya que éstos se unirán
apelando al respeto viril y el destino absoluto." Con la separación de Alemania de la Comunidad de Naciones,
afirma que Alemania "crea la
posibilidad de una auténtica comunidad en la que cada nación se reafirmará en sí misma para poder llegar a la unidad."
Después
de siglos de enfrentamientos y violencia en el continente, surge la
colaboración entre las naciones europeas y se crea la Unión Europea. Tras
el ocaso de una larga secuela de belicosos imperios fracasados y no pocos años
de guerras de religión fraticidas, amanece la unidad voluntaria y concertada de
un continente solidario en el que el principal objetivo es el fin de las
guerras. Y arrinconadas las armas, surge en Europa la esperanza de la paz. Con la Unión Europea se
cierra la política de equilibrios de poder que inventase Richelieu y se abre
una alternativa al imperio de uno sobre todos. Un ámbito en el que la acción
comunicativa sea la que impere, y en el que los problemas puedan resolverse mediante el diálogo, se
impondrá sobre la acción de dominio, en la que la constante para lograr la acción coordinada sea el recurso a la
violencia.
Y ¿en qué se nos queda España?
En su reencuentro con Europa dentro de la Unión,
España se reencuentra a si misma. En un mundo progresivamente laico, ya no es
requisito para obtener la ciudadanía española el estar bautizado, pero en el
fondo de su ser, España sigue siendo una pluralidad con un anhelo común trascendente,
cosmopolita, universal, católico. Aunque la religión ha perdido gran parte del
importante grado de identificación nacional que tuvo, la universalidad que le
imprimió el catolicismo, al sentirse miembros de una iglesia universal, sigue
siendo vigorosa como carácter de lo español. El español es un hombre sin
fronteras que se encuentra en casa ya sea en Ávila como en Arévalo, tanto en
Buenos Aires como en Cádiz, tanto en París como en Manila, porque el español sabe
que su vida es un río que corre hacia un destino común y se sabe que va de
camino, por lo que como se siente más a gusto es haciendo camino. Somos un
pueblo de viajeros, navegantes, emigrantes y descubridores. Somos el pueblo de
Balboa y de El Cano, a quienes no les detienen ni continentes ni océanos. Aunque
cada español tiene un sitio preferente al cual volver, siente que su hogar es
el mundo. Lo antiespañol no es oponerse al poder central, lo antiespañol es
vivir dentro de un horizonte mental reducido, es el provincianismo, el
paletismo, el aldeanismo, el catetismo, la falta asfixiante de universalidad. Donde
el español se siente más español y descubre lo que significa ser español es
fuera de España.
Citando a Menéndez Pelayo en el Prologo de
los Heterodoxos españoles, podemos decir que “Dios nos concedió la victoria y
premio al esfuerzo perseverante, dándonos el destino más alto de los destinos
de la historia humana. El de completar el planeta. Borrar los antiguos linderos
del mundo”. España es, en esencia, “Plus Ultra” y la fe en el más allá. España y
el español necesitan encontrarse en un ámbito que les libere de sus propias
fronteras y les ofrezca horizontes abiertos. España fue plenamente España
dentro del Imperio Español cuando en él no se ponía el sol, como Hispania lo
fue dentro del mundo romano. Si la Unión Europea no se hubiese fraguado, España
necesitaría inventarla para poder volver a ser España. Como dijo Ortega, “España
es el problema y Europa la solución”. El español sabe que lo importante no es
dónde se está, sino quien se es y con quién se está. Su aspiración es poder
estar en cualquier sitio y poder ir a todos aunque no vaya a ninguno, porque
allá donde vaya y esté donde esté sabe que en todos los sitios estará de paso
pero seguirá siendo lo que es, y siempre fue: un anhelo de más allá.
En un mundo globalizado en el que se impone
tener conciencia y presencia internacional, los valores del español son un
activo en alza que se realza como ciudadanos de Europa.
Nota: Como
complemento del tema, se recomienda la lectura, sobre la identidad de Europa,
de la serie de cuatro artículos siguiente: