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sábado, 19 de marzo de 2016

Teoría del amor



      Advertencia: Esta reflexión no es una teoría probada, sino una propuesta de investigación, a fin de confirmar o descartar una hipótesis sobre las raíces genéticas del amor.

Reflexión
Se oye hablar de la química del amor. Parece una frase retórica, pero tiene mucho sentido. La neurociencia demuestra la correlación existente entre los estados emocionales y la actividad cerebral. Los modernos métodos no invasivos para observar la actividad del cerebro, como electroencefalogramas, resonancias magnéticas y escáneres, permiten ver flujos sanguíneos, corrientes eléctricas y actividad cerebral asociados con pensamientos y sentimientos, por lo que sabemos que el amor activa áreas del núcleo estriado y de la ínsula cerebral. La Universidad de Ciencias y Tecnología de Hanui (China) ha determinado que el amor hace que, en las personas enamoradas, se activen un mínimo de doce zonas cerebrales de forma coordinada. Son zonas relacionadas con la motivación, la recompensa y las aptitudes sociales. Científicos de la Universidad de Concordia, en Canadá, han descubierto que el lugar donde se ubica el amor está en el llamado sistema limbito, incluye el hipocampo y la amígdala. "En esta región se controlan una serie de funciones que incluyen las emociones, la conducta, la atención, el estado de ánimo, la memoria afectiva, el placer y la adicción". En el estudio participaron neurólogos de las universidades de Sycaruse y Virginia Occidental en Estados Unidos y el Hospital Universitario de Ginebra en Suiza.

Los análisis de sangre y orina demuestran que el amor libera dopaminaserotonina, noradrenalina, oxitocina, feniletilamina, testosterona norepinefrina; un cóctel de neurotransmisores, euforizantes, gratificantes y estimulantes que propician el acto sexual y lo hacen placentero. Se han identificado tres tipos de procesos cerebrales diferentes relacionados con el amor: la atracción romántica, la atracción sexual y la vinculación emocional.  Fase romántica: La feniletilamina contribuye al romance y desencadena la producción de las otras sustancias, la noradrenalina estimula la atención y estimula tanto la circulación como la respiración, la dopamina focaliza la atención sobre objetos y personas, la norepinefrina aumenta la capacidad de recordar detalles placenteros, la feniletilamina, es conocida como la droga del amor, produce euforia, reduce la necesidad de sueño y el apetitito, hace ver el mundo de color de rosa. Fase sexual: la testosterona estimula el deseo sexual. Fase de vinculación emocional: Parece que la oxitocina, de acción retardada y duradera, ayuda a forjar lazos permanentes entre amantes, propiciando la monogamiaLa oxitocina se sintetiza en el hipotálamo, y se almacena en la hipófisis o glándula pituitaria. La serotonina produce efectos gratificantes en las tres fases. Dada la dosis y potencia de los compuestos segregados y consumidos por el organismo durante los prolegómenos y el acto sexual, es comprensible que el sexo sea adictivo. Los  que buscan la estimulación sexual al margen de su fución fisiológica normal, los aberrantes sexuales, y los que padecen ninfomanía o satiriasis, son drogodependientes que  actúan buscando darse un chute de sustancias no inyectables. El tratamiento, como la cura de toda drogoadicción, previsiblemente pase por la continencia y la superación del mono del síndrome de abstinencia. Para ello, ayudaría estimular la segregación de otros productos menos adictivos que actúen como paliativos, como los producidos al hacer ejercicio físico, la práctica de la relajación y la meditación.

La cuestión aquí y ahora no es analizar los efectos fisiológicos más o menos transitorios del amor, sino si hay motivos más profundos y permanentes, genéticos, que condicionan el tipo de pareja de la que un individuo es propenso a enamorarse y predisponen al enamoramiento con una persona concreta, ya sea mediante mecanismos impelentes o restrictivos, que ayudan a seleccionar un tipo de persona. Es evidente que lo habitual es buscar pareja de la misma especie y de distinto sexo, luego hay una clara base genética de grandes rasgos determinantes en la elección de pareja, aunque se den casos atípicos. Se dijo que el virus del sida se desarrolló entre los simios y el primer portador humano había tenido relaciones sexuales con chimpancés infectados; pero lo aberrante no es la norma. Parece que el objetivo del amor es perpetuar la existencia de los genes propios, por lo que las uniones estériles quedarían excluidas de este planteamiento, aunque Richard Dawkins opina que la homosexualidad es la expresión atípica de un gen que, por razones medioambientales y experiencias que han afectado a un individuo, afecta la orientación sexual de la libido; lo cual no impide que, salvo la inversión sexual, el resto de las consideraciones que aquí se hacen sigan siendo válidas en esos casos. Está demostrado que el deseo de seguridad económica valora positivamente la posición socio-económica de la pareja y a todos nos consta que, al igual de que somos conscientes de la importancia de los aspectos culturales y psicológicos en el amor, el atractivo físico de la pareja es un factor importante y bien sabemos que el aspecto físico tiene un relevante componente genético. La cuestión, aquí, es si actúan otros elementos genéticos más sutiles en la atracción amorosa. Está la cuestión de las feromonas segregadas por distintas glándulas y que estimulan, mediante el olfato, diferentes reacciones según el tipo de persona que sea el receptor. Pero las feromonas son el mensajero que informa sobre aspectos más profundos y no todos visibles de la otra persona.

Me contaron la historia, asegurándome que era cierta, de un caballero cuya esposa tenía una muy, muy rara enfermedad y la llevó a un especialista. Cuando el médico reconoció a la enferma y diagnosticó el mal, comentó al esposo: "No puede imaginarse la suerte que tiene de haber recurrido a mi, su esposa tiene una enfermedad rarísima; son poquísimas las personas afectados por ella en el mundo, y soy de los escasos médicos que la hemos tratado antes en otros pacientes" A lo que el caballero contestó: "Lo se, hemos venido a verlo a usted, porque hace años fue usted quien trató a mi madre de lo mismo".

Dada la baja probabilidad del caso, da la sensación de que, si la enfermedad era genética, el caballero, que estaba sano, tenia ese gen recesivo, heredado de su madre. La hipótesis plausible que se deduce del caso es que tendemos a enamorarnos de los individuos portadores de alelos dominantes de nuestros genes recesivos. Según la teoría del gen egoísta, de Richard Dawkins, el gen es la unidad evolutiva fundamental, siendo los genes y no los individuos quienes buscan sobrevivir, lo que explicaría el altruismo de algunos individuos que se sacrifican por la supervivencia de otros individuos portadores de sus mismos genes. Dawkins explica que la probabilidad de que un gen prospere depende de su capacidad de adecuación al medio. Es evidente, que la mejor forma que tiene un gen para sobrevivir es emparejándose con otro gen igual a él, ya que duplicaría las posibilidades de supervivencia. Por consiguiente, cabe reconocer una tendencia de búsqueda de portadores de genes semejantes a los propios, especialmente si los nuestros son recesivos y, por tanto, más vulnerables a la desaparición. La hipótesis se cumple en la pareja de genes determinantes del sexo XX-XY, constituyendo un claro atractivo entre los portadores de cada par. Además de las razones de supervivencia genética, estaría el deseo de hacer manifiesto lo que en el fondo somos sin mostrarlo. Personalmente, me llevé una gran alegría cuando tuve un hijo con los ojos azules de mi abuelo que yo no muestro. Era descubrirme que en el fondo oculto soy así, a medias, bastando sustituir el gen heredado de mi padre por el adecuado de mi mujer para revelarlo, al hacer dominante lo recesivo. La presencia de otros rasgos indiscutibles, descartan cualquier duda de paternidad. Confirmando la hipótesis el hecho de que el fenómeno de los ojos azules se repite en tres de mis nietos y a lo largo de las descendencias de varios primos.

Por otro lado, sabemos los problemas degenerativos que provoca la endogamia y que el tabú del incesto es de origen prehistórico. Sigmund Freud desarrolló en profundidad sobre este tema. Ha de tenerse también en cuenta que hay pueblos, como los árabes, que propician las uniones entre primos. Todos conocemos la creencia generalizada en que las uniones entre individuos muy dispares regeneran la raza positivamente y teóricamente la mejoran, el mestizaje es un ejemplo palpable de las filias y las fobias a las uniones entre portadores de genes manifiestamente diferentes y un buen ejemplo de su contribución a la diversidad. Frente a la reproducción asexuada, la sexualidad valora la mezcla de genes como una innovación positiva. La revista alemana "Psyhologie heute" publicó un estudio demostrando que en la selección de pareja es muy improbable la atracción entre personas muy dispares. Habría que preguntarse si el complejo de Edipo no tendrá una base genética.

Los diferentes estudios de campo, entrevistando cientos de parejas, avalan la preferencia de la homogeneidad y complementariedad, en las características tanto físicas como sociales y psicológicas, entre los miembros de la pareja, frente a las diferencias. La teoría de la homogamia establece que un individuo escoge a otro por los componentes similares que ambos comparten. Ambos sexos creen que la homogamia está asociada con la felicidad y las relaciones duraderas. También sabemos que los casamenteros profesionales de todo el mundo, hindúes, irlandeses, coreanos...buscan entre sus clientes formar parejas con características comunes.

Kunkel y Dickerson (1982) afirman que una mayor  semejanza entre la pareja facilitará una relación más cómoda. Fishman y Rosman (1988) dicen que las personas se sienten atraídas por otras con las que tengan cosas en común. Houts y Robms (1996) encontraron que los individuos que comparten características, tanto sociales como psicológicas, establecen una relación satisfactoria para ambos. Hahn y Al (1997) encontraron que las parejas tienden a ser homógamas, dado que los individuos son atraídos por personas similares a ellos en una o más características. Knox y Zusman (1997) realizaron un estudio en la Universidad del Este de Carolina (USA) sobre la elección de pareja y encontraron que las mujeres prefieren a una pareja que sea semejante a ellas en educación, ocupación, valores religiosos y deseo de tener hijos, mientras que los hombres sólo hicieron énfasis en la apariencia física. Tordjman (1999) menciona que la elección de pareja viene motivada por la semejanza de los miembros en cuanto a varios factores sociológicos, como el nivel social, la religión, el ambiente familiar y el nivel de educación. El mismo autor menciona que la búsqueda de homogeneidad parece ser un mecanismo de reafirmación. Romero (1999) asegura que la voluntad de crear una relación duradera fomenta la búsqueda de similitudes en gustos, aspiraciones, intereses y objetivos. (Fuente: Factores que influyen en la selección de pareja en la adolescencia, por Gustavo López Castañeda)

La conclusión a la que parece llevan estas observaciones es que debe de haber un óptimo de equilibrio entre la tendencia a conservar los propios genes que propugna la unión con genes similares y la de incorporar genes nuevos, muy distintos a los propios, que faciliten la diversidad y la adaptabilidad a nuevos retos. Lo que, a nivel del individuo, sería algo así dar prioridad a no dejar de ser uno mismo, pero potenciándose en lo posible con nuevos aportes que no distorsionen su identidad. Una ley de la mayonesa genética en la que se van añadiendo nuevos genes enriquecedores en proporciones que eviten el que se corte el genotipo original. Compaginar conservación y variabilidad, identidad y biodiversidad, homogeneidad y complementariedad frente a la disparidad. Podemos concluir que la pareja se escoge en base a criterios genéticos, seleccionando como pareja: un individuo de la misma especie y diferente sexo, junto a un conjunto de genes que se manifiestan visiblemente en determinados rasgos físicos y estéticos a los que se aspira para la prole, preferentemente como reafirmantes o potenciadores de los genes propios y, previsiblemente, en base a un amplio conjunto de genes recesivos que compiten entre sí para poder afirmarse y expresarse como dominantes en la siguiente generación. Sería la expresión biológica de las viejas teorías de la media naranja y el alma gemela, el bashert. El origen genético del amor explicaría la reciprocidad en el amor. La base genética de la atracción sexual justifica la tradición semítica de casar a las viudas con hermanos del difunto o ley del levirato  y explica los numerosos casos de relaciones entre cuñados. No faltan de ello ejemplos en la literatura, recordemos, sin mayores indagaciones, el caso de Hamlet. Mientras que el derecho canónico de Trento desaconseja la unión entre personas con menos de 7 grados de consanguinidad, el Derecho Romano impedía incluso los matrimonios entre parientes civiles: cuñados, sobrinos y suegros. Es evidente la estrecha relación entre el amor entre los miembros de una pareja y la atracción sexual entre ellos, (hace unos días, después de haberlo escrito, escuché a Mario Vargas Llosa decir esto mismo en una entrevista en TVE) por lo que es sensato asumir que las bases biológicas de ambas funciones, enamoramiento y atracción sexual, sean las mismas.

Es relevante tener también presente el proceso de adaptabilidad genética, el hecho de que alelos latentes se activen por medio de un estímulo medioambiental que los hace relevantes, aprovechando la plasticidad fenotípica de los genes. Dado que las personas con las que convivimos, principalmente la familia y fundamentalmente la pareja, constituyen un elemento importantísimo de nuestro entorno, es previsible que, a lo largo de la convivencia, se vayan activando aquellas variantes de los alelos que mejor se adaptan a la convivencia con la pareja. Además, dado que en la convivencia, la pareja comparte alimentación, hábitos de vida y puntos de vista, haya alelos comunes en ambos que se activen al unísono, al recibir un mismo desencadenante. Para que esto ocurra, debe haber una predisposición genética común previa.

Finalmente, es evidente el papel de la genética en los innegables e intensos afectos que se dan en las relaciones paterno-filiales y fraternales y la predisposición al altruismo individual por la defensa de la supervivencia de genes compartidos por la familia.

Posiblemente, alguien podría alegar que hemos llegado a una hipótesis en base a un único botón de muestra empírica: la esposa con la rara enfermedad que antes padeció la madre del marido, y tendría razón; aunque, según la tradición, a Newton solo le cayó una manzana; sin embargo, nosotros contamos con dos indicios, el de las dos damas enfermas y las sucesivas apariciones y ocultaciones de los ojos azules y cántabros de la familia Gutiérrez; pero tendría razón quien alegase escasa base empírica, y es por ello por lo que, dada la creciente facilidad para obtener el genoma de un individuo, la propuesta es desarrollar un proyecto de investigación que parta de coleccionar genomas de parejas visiblemente enamoradas, a fin de analizar el número de genes recesivos que cada individuo tiene, que son dominantes en su pareja, y poder obtener estadísticas significativas. Invito a los genetistas que lo emprendan. También habría que estudiar un grupo de contraste de parejas que se rechazan. Es posible, que dentro de unos años, la búsqueda de pareja por Internet incluya, junto al intercambio de fotografías, el intercambio de la secuencialización de los respectivos genomas, documento que será imprescindible para acudir a Lisdoonvarna.

Epílogo. El concepto de amor es amplio. Hemos hablado del amor entre la pareja, no incluye, por ejemplo, el amor al prójimo, a Dios o a la Patria. Posiblemente debiéramos haber debido hablar del proceso de enamoramiento en lugar de llamarlo amor. Francesco Alberoni considera un elemento esencial para enamorarse el consentimiento, por lo que hay que pensar en la posibilidad de que la presencia de condiciones genéticas adecuadas no sea suficiente para culminar el enamoramiento humano, debiendo ratificar la entrega mediante un acto voluntario de consentimiento en el que se acepte el compromiso derivado del co-sentimiento asumido. El hecho del consentimiento no anula que el origen del enamoramiento tenga una base involuntaria e incluso inconsciente; la imagen mitológica de Cupido expresa bien el componente pasivo del desencadenante del proceso. La flecha representaría los propios genes y el arco la percepción inconsciente de los genes de la pareja. El amor se nos manifiesta como un sentimiento complejo que agrupa una serie de sentimientos positivos: concentración de la atención en la persona del otro, atracción, deseo de reciprocidad, deseo de cercanía, de intimidad, de compartir, de proteger...y negativos: sentimiento de vacío causado por la ausencia, celos...Por eso, los modelos y teorías sobre el amor son psicológicos, destacando en popularidad la teoría triangular de Sternberg. En la teoría transaccional se valora a la pareja como sistema. La potencialidad de una pareja está en la sinergia que puede generarse al operar conjuntamente como una unidad.

Puede que haya quien rechace la tesis genética en base a que mataría el romanticismo, pero no hay razón para ello. Es un hecho que nos enamoramos de la encarnación de un genóma y la frase de amor más romántica que se me ocurre decir a la persona amada es: doy gracias porque existas. ¿Materialista, romántico o narcisismo genético?

Si algún lector dispone de su genóma y el de su pareja, le ruego utilice un comentario para decirnos:

-Número de genes dobles en su genoma, iguales a los de su pareja.

-Numero de genes sencillos propios,  iguales a los de un gen doble en la pareja

-Número de genes propios dobles, iguales a un gen sencillo de la pareja

-Numero de genes sencillos propios, que también los tiene sencillos la pareja

-Número de pares de genes propios, totalmente distintos a los de la pareja

Seguro que sería relevante conocer posición y orientación de esos genes, pero eso se lo dejaremos a los genetistas que acepten el reto de la investigación propuesta.

 Otros factores

Hay otros factores, además de los genéticos, que contribuyen a la selección de la pareja, como son los culturales y psicológicos, factores que contribuyen a establecer una buena comunicación y facilitan la convivencia entre la pareja, por lo que a los genes, hay que añadir los memes, esas unidades teóricas de información cultural: conocimientos, creencias y valores transmisibles de un individuo a otro y de una generación a la siguiente.