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lunes, 6 de julio de 2015

La Nada, el Ser y el Uno


La consideración del ente en cuanto ente a partir de un ente físico cualquiera, entraña la dificultad de tener que ir negando cuantas notas diferencian unos entes de otros hasta quedarnos con lo que, siendo común a todos ellos, nos permitiese definir lo que constituye el hecho de ser un ente en cualquiera de ellos. La dificultad reside en que, al eliminar la totalidad de las notas, nos quedamos con la nada.


Ya Duns Escoto denuncia la vacuidad del ente y su afinidad con la nada. "No pudiendo haber nada más común que el ente, y no pudiendo, a su vez, ser el ente-común-univoco predicado de la quididad de todos los inteligibles, ya que no es predicable de las diferencias últimas ni de sus pasiones, se sigue que la nada es el primer objeto de nuestro entendimiento, pues es por si misma común a la quididad de todo inteligible; no obstante, digo que el primer objeto de nuestro entendimiento es el ente." (Ordinatio, I, 3, 3, 137). Por tanto, la nada sería la base y fundamento de todo ente, en tanto el ser indiferenciado. Todos los demás seres se distinguen por sus diferencias. (El ente constituye la versión estática y el ser la versión dinámica de una misma realidad). Hegel llegó a decir que "El Ser puro y la Nada pura son uno y lo mismo".
 
Preguntado mi nieto de cuatro años sobre ¿qué es la nada? me contestó que es “lo que hay en el bolso de mama cuando está vacío”. El concepto que tenemos sobre la nada es un concepto negativo y relativo, se forja por referencia a la ausencia de todo otro ser, es un concepto mediado e inferido como ausencia, pero no empírico. En principio, tanto la Nada como la Eternidad son objetos de la lógica. De tener entidad, en caso de ser reales, ambos estarían fuera del tiempo y del espacio, serian trascendentes al mundo empírico, intuibles pero no perceptibles.

La actitud metafísica consiste en enfrentarse a contradicciones fundamentales como las que se dan entre la apriencia y la realidad, el tiempo y la eternidad, cuestiones que se funden en el problema de intentar reconciliar la permanencia y el cambio, a Parménides con Heráclito; en resolver la contradición entre la experiencia de lo diferente que soy de aquel niño que fuí y la evidencia de que sigo siendo el mismo. En el extremo, la pregunta sobre lo que se es y lo que se fué plantea la cuestión de la relación entre el mundo tal cual nos le encontramos y la nada de la que sugió. Llamamos metafísica al conjunto de respuestas que la humanidad se ha venido dando sobre ese tipo de cuentiones que, en el fondo, son una misma pregunta: cómo explicar el ser. Las auténticas revoluciones han sido cambios metafísicos, nuevos matices a la respuesta dada a la questión fundamental.

La Eternidad no puede ser una parte del tiempo y tampoco su totalidad. Si fuese una parte, el tiempo seria mayor que la eternidad y si fuese la totalidad, el tiempo estaría confinado en otra temporalidad mayor, luego la eternidad ha de estar fuera del tiempo. (Para una reflexión desde la física sobre el espacio, el tiempo y la eternidad, ver: http://carlosdelama.blogspot.com.es/2013/11/el-multiverso.html).

La Nada estaría contenida en la eternidad  y la Eternidad estaría mediada por la nada, siendo cada una de ellas predicado de la otra, la nada es eterna y la eternidad está en la nada, fuera del mundo. Según Aristóteles, el ser se dice de muchas maneras. De ser la nada real, una de esas maneras seria la nada. La nada es la manera a-temporal, an-espacial e informe de ser, por lo que la nada es trascendente al resto de los seres.

Partiendo de la nada-eternidad, los diferentes entes se realizan como seres dentro del espacio-tiempo. Como resultado de su auto-realización, los seres modifican al mundo y se auto transforman en el mundo. La acción de ser, deja huellas en el mundo y cada ser o ente, al realizarse, deja vestigios de si mismo. Debe existir un poder transformador absoluto que proporciona la información necesaria para que cada ser o ente relativo pueda realizar su propia auto-realización. La felicidad de los seres humanos viene medida por el porcentaje de auto-realización lograda respecto al potencial que tienen disponible.
¿Cuál es el proceso de la autorrealización?

Las tres preguntas radicales que la humanidad se viene planteando desde antiguo, son:

¿Porqué hay algo en lugar de la nada?

¿Por qué hay vida en lugar de ser el universo inerte?

¿Por qué hay consciencia en lugar de ser el universo inconsciente?

Lo fácil es que no hubiese nada, que de haber algo fuese inerte y de haber vida que fuese inconsciente. Pero los seres humanos existimos, vivimos y sabemos que existimos y estamos vivos. El auto-desarrollo de un ser humano pasa por esas tres etapas fundamentales de existir, vivir y ser consciente de ello.

Cada una de esas preguntas plantea la cuestión de la causa de cada uno de esos saltos de creciente complejidad y orden creciente que parecen negar el segundo principio de la termodinámica. La única explicación de que la entropía no decrezca es porque en el proceso de auto-desarrollo se ha procesado un elevado volumen de información que compensa la evidente reducción de entropía originada por el aumento de orden logrado, con lo que la cuestión se centra en saber donde estaba ubicada esa información.

Hay una cuarta pregunta: ¿Por qué los seres conscientes tienden a compartir el contenido de sus conciencias con otros seres conscientes? Es como si los seres racionales necesitásemos volcar el contenido de nuestra conciencia en otras conciencias y necesitásemos indagar en el contenido de otras conciencias para satisfacer la nuestra, como si el objetivo último y el gran anhelo de la humanidad fuese alcanzar una conciencia común que reuniese y compartiese todo el saber y el conocer. Alcanzar la Noosfera de Pierre Teilhard de Chardin. Se trataría de procesar la información inicial, sobre la potencialidad del cosmos, para elaborar la información actual sobre la realidad ocurrida a lo largo de la historia del cosmos. La necesidad de comunicación genera la aparición del lenguaje y justifica el éxito de las redes sociales.

El ciclo de la existencia indica un proceso por el que, partiendo de una conciencia omnisciente que consigue manifestarse en la generación y evolución del cosmos mediante un acto de trascripción o interpretación (en el sentido de ejecución o realización) de la información que posee esa conciencia, busca volver a reunir toda la información derivada al procesar la información de origen mediante el auto-desarrollo de lo creado, en una nueva conciencia compartida por todos los seres conscientes.

De la nada indiscriminada, informe y eterna, atemporal y an-espacial, pero sapientísima, surgen las distinciones y las formas de todos los entes que se desarrollan en el tiempo y el espacio por trascripción o interpretación realista de la información original. La información originaria constituye el momento abstracto de la verdad absoluta genérica, razón de ser de todos y cada uno de los entes que han llegado a la existencia; mientas que el conjunto de la información cósmica final, histórica y compartida, constituye la versión concreta y específica de esa verdad. El mundo, el conjunto de todos los entes que han existido o han de existir, es el elemento mediador entre los dos momentos de la verdad. El conocimiento implícito en la información inicial se hace explícito en el desarrollo del universo. La transformación de la verdad entre su concepción original abstracta y su versión final concreta supone un aumento de precisión a costa de una elevada degeneración entrópica del conjunto.


La nada, el Uno de Plotino, es inextensión y la eternidad atemporalidad. En la eternidad no hay tiempo y, por consiguiente, no hay devenir. Como decía Parménides, el Ser eterno es inconmovible. En su absoluta invariabilidad y plenitud, no necesita de nada. En el contenido de la eternidad está la totalidad, permaneciendo idéntica a si misma en plenitud indivisa e inalterable, sin anhelo de nada pues lo tiene todo a la vez, sin ser deficiente en nada, actualidad plena no actualizable. Constituida por información, contiene toda la información sin que pueda haber otra información ajena a la que configura su ser omnisapiente e intrínsecamente presente sin un antes ni un después, sin perfeccionamiento ni deterioro. Eternidad es permanecer, lo eterno es lo permanente. El tiempo mide el cambio, si no hay cambio no hay tiempo.

“De ahí que, verdaderamente, el Uno sea algo inefable; porque lo que digáis de él será siempre alguna cosa. Ahora bien, lo que está más allá de todas las cosas, lo que está más allá de la venerable Inteligencia e, incluso, de la verdad que hay en todas los cosas, eso no tiene nombre, porque el mismo nombre sería algo diferente de El” (Eneida V, 3, 13).
                                                             
El ámbito receptor de la información contenida en la nada-eterna o Uno, utilizando la terminología de Plotino, es el espacio-tiempo. Plotino llama a dicho ámbito Inteligencia o Hipóstasis segunda, que recibe las formas contenidas en el Uno mediante procesión contemplativa. Utiliza el término procesión para evitar el de emanación, diferenciando así la calidad de lo surgido de la del origen. No habla de información, pero trata esa transmisión como si fuese información, ya que la Inteligencia se la apropia al contemplar al Uno o hipóstasis primera. Al no considerar que el contenido de lo transmitido se trata de información, tiene dificultades para explicar como se pasa del Uno a la multiplicidad. Ese paso se produce al desarrollarse la información esencial contenida en el Uno, en la nada-eterna, tras ser trasferida como intenciones al espacio-tiempo y desplegarse por el espacio y el tiempo a medida que esas intenciones se desarrollan. El tiempo es la manifestación de la eternidad y el espacio, vacío, la manifestación de la nada. El tiempo se muestra explícito mediante la rotación del espacio. Hemos de asumir la intuición de Plotino sobre la segunda hipóstasis, y reconocer que, siendo el espacio-tiempo en sí mismo ya información,  para poder asumir la información sobre los seres sensibles que recibe y poder procesarla, el espacio-tiempo ha de ser inteligente.
(ver:  http://carlosdelama.blogspot.com.es/2014/01/el-universo-inteligente.html )

“Inteligencia, acto intelectual e inteligible, serán una y la misma cosa. Con lo que, si el acto de la Inteligencia es lo inteligible, y si lo inteligible es la Inteligencia, la Inteligencia necesariamente se pensará a sí misma. Porque pensará por medio de su acto, que no es otra cosa que ella misma, y pensará así lo inteligible, que es también ella misma. De dos maneras, pues, se pensará a sí misma: como acto de la Inteligencia, que es ella misma, y como inteligible, al que piensa por medio de un acto que es la Inteligencia misma” (Eneida V 3, 5, 33 y ss.).

La inteligencia, el espacio-tiempo, al contemplar al Uno, la nada-eterna, extrae de El toda la información que contiene sobre el mundo, como potencia de todos los entes sensibles.

La información extraida, que al ser proyectada sobre el espacio-tiempo para configurar los entes sensibles se correspondería con la tercer hipóstasis de Plotino, a la que llama el Alma, configura al mundo que se despliega y expande en el espacio y en el tiempo.

“Pero el Alma, en cambio, no permanece inmóvil en su acto de producción, sino que se mueve verdaderamente para engendrar una imagen de ella. Al volverse hacia el Ser del que proviene se sacia de él, y al avanzar con un movimiento diferente y contrario, se engendra esa imagen de sí misma que es la sensación” (V 2, 1).

A esa imagen engendrada es a lo que llamaremos manifestación del mundo. La manifestación es la información esencial contenida en el Uno desplegada y expuesta en el espacio-tiempo como multiplicidad de seres. Cuando un ser inteligente percibe la información expresada en la manifestación de los seres que componen el mundo, concibe una representación del mundo en el sentido de Schopenhauer. Su error fue prescindir de la manifestación como base, sustento y causa de la representación. Si toda la información del Uno es puesta de manifiesto en el espacio-tiempo, la información transferida no se limitará a la correspondiente al en si kantiano de los entes sensibles, sino que debiera incluir la que constituye al propio Uno, con lo que el Uno-Bien y Verbo debiera, a su vez, encarnarse en algún lugar y momento.

La manifestación de cualquier información se realiza mediante el lenguaje: el lenguaje fonético humano con sus múltiples idiomas, el lenguaje escrito con sus numerosos alfabetos, el lenguaje de signos de los sordomudos, el lenguaje de las abejas con su vuelo, el lenguaje de las estaciones, destacando el lenguaje de las flores en primavera, el de las hojas en otoño, el de la nieve en invierno, el del calor en verano... La manifestación en el universo de la verdad absoluta constituyente y contenida en el Uno también utiliza sus lenguajes: el lenguaje cuántico de las partículas, el lenguaje físico de la mecánica, el lenguaje químico de las sustancias, el lenguaje genético del ADN... Los físicos aseguran que las primeras palabras fueron una gran explosión seguida de una inmensa radiación, lo que en castellano se podría traducir por: “Hágase la luz”, la tesis de la sabiduría contenida en la verdad absoluta original, al formularse lingüísticamente como origen y causa de la creación, nos aporta nuevos matices a la afirmación de San Juan sobre que “al principio fue la palabra y la palabra era Dios”. En ellas se identifica a Dios con la Sabiduría absoluta que se expresa mediante la creación y en lo creado. La frase de que "todo está escrito" se ilumina desde nuestra perspectiva con nuevas luces, permitiendo compatibilizar la existencia de esa escritura como texto de la Verdad Absoluta, con la libertad a la hora de su interpretación. Que todo estuviese escrito condiciona pero no determina. La libertad queda asegurada porque las personas actúamos por fines y no por causas. (Sobre la libertad, ver: http://carlosdelama.blogspot.com.es/2012/04/que-es-la-libertad.html)

El proceso que todo ser sigue para ser, es su autorrealización. Para poder auto-realizarse, para poder llegar a ser lo que un ser debiera ser, todo ser  necesita conocer la información que lo define y la que necesita, lo que requiere que los seres estén  constituidos por intención y atención. La esencia de todo ser es información. La intención es la información que determina lo que el ser debiera ser y la atención proporciona la información necesaria para poder obtener los recursos necesarios para ser lo que debe ser, sabiendo qué hacer con ellos por su intención. Desde un punto de vista informático, la intención es el programa y la atención proporciona los datos a medida que se van necesitando. La intención es teleológica y la atención es selectiva. Ser es procesar información interpretándola, es decir, realizándola en el tiempo y el espacio, haciéndola realidad. Como los solistas interpretan una partitura mediante un instrumento, los seres interpretan su intención de ser lo que son, mediante la información que manejan en los medios de que disponen como recursos. Ser es establecer un diálogo entre la intención de cada ser y el resto de las intenciones de los demás seres, diálogo que esta mediado por las respectivas atenciones. La calidad de vida de un ser está determinada por su capacidad para dialogar con el resto de los seres. El mal es el resultado de la incapacidad de alcanzar un consenso y pretender resolver los conflictos de intereses mediante la violencia, en beneficio del más fuerte. El diálogo cósmico se establece entre cada ser y su no-ser, es decir, entre cada ser y el resto de los seres, incluida la nada. Es un diálogo entre el ser presente de la actualidad existencial y el deber ser de la naturaleza esencial programado en la intención. Diálogo mediado por el resto de los seres en busca de la mutua colaboración necesaria para la realización del conjunto en una unidad dialéctica de una nueva actualidad que constituye el acto de ser. La naturaleza del ser es dialéctica y como consecuencia, el ser es contradictorio.

El ser es contradictorio. Para empezar, ser es tanto sujeto como predicado verbal: los seres son. El ser, para ser, debe ser lo que su esencia le dicta que ha de ser. El ser como proceso se hace ente como realidad consistente. El ser como sujeto puede ser objetivo y subjetivo al mismo tiempo. El ser como predicado no es ni sujeto ni objeto. Tanto la eternidad como la nada son, simultáneamente, sustantivas y predicativas, mientras aparentemente no son ni existenciales, dado que son trascendentales. El ser parménico, invariable y permanentemente, entitativamente idéntico a si mismo, solo es aplicable al ser de la nada y al ser de la eternidad, así como a las esencias de los seres contenidas en la nada-eterna; el resto de los seres, espacio-temporales y sensibles, son cambiantes, como los describió Heráclito. Ser en el mundo es un proceso. Como proceso, el ser no se define, se narra. El ser del ser humano es biográfico. Decir lo que un ser humano es supone narrar su biografía. Mientras un ser humano no muera, su biografía está incompleta, por lo que no podemos saber del todo lo que una persona viva es, ni él mismo lo sabe. Razón por la que la Iglesia no declara santo a ninguna persona viva. Con frecuencia, la naturaleza contradictoria del ser se hace explícita. La nada es omnipresente y omní-ausente, el pasado esta ausente y presente en el presente, la materia está formada por partículas-onda, vivimos muriendo, el cirujano cura haciendo daño, los silencios forman parte de la melodía, el mundo es una continuidad discontinua, el ser humano es objetividad y subjetividad,  son rojas las superficies que absorben el verde, las fronteras separan y unen países, todo valle es un par de montañas unidas, el negro de la tinta requiere el blanco del papel y como decíamos al principio, el ser es ente. Al ser el ser un proceso transformador, el principio de identidad es una abstracción lógica para facilitar el pensamiento conceptual simbólico a partir de las representaciónes.

El pensar es una forma an-espacial pero temporal de ser. Los pensamientos median entre la razón de ser, implícita en la intención de cada ser o ente, y la acción. La acción media entre los propósitos y los resultados. El universo es un gran proceso de mediación entre dos estados de la información cósmica o verdad absoluta: la verdad abstracta y eterna, contenida en el Uno, y la verdad concreta expresada en el espacio-tiempo como manifestación y constituyente del mundo. Si ser es procesar información, pensar es un proceso de información simbólica. Parménides defendía la idea de que ser y pensar son lo mismo. La nada es transparente a la información, el ojo que no se ve a si mismo ni es visto por nadie, pero todo lo ve. El vacío, imagen inmanente de la nada, esta lleno de luz que no se ve. La nada es depositaria de toda la información habida y por haber sin que la muestre en tanto no la manifieste al proyectarla sobre el espacio-tiempo. La nada, en su actualidad, siendo acto puro, resulta poseer el potencial implícito en la información necesaria a todos los seres para poder ser lo que son. La verdad absoluta, contenida en la nada, correspondería al mundo platónico de las ideas y la información proyectada en el espacio-tiempo, al Logos proyectado en el neuma de la Stoa o a lo inteligible configurando la Inteligencia de Plotino.

La RAE define la información como "Comunicación o adquisición de conocimientos". La información es la manifestación de un atributo discernible. Está correlacionada con la capacidad de ser percibido ese atributo e interpretado. La información es bipolar, requiere un emisor y un receptor que perciba las diferencias y pueda discriminarlas. La información es mensaje. De la nada no percibimos información, o bien no existen atributos en la nada, como vimos ser el caso del ente en cuanto ente, o bien no son discernibles o bien no están manifiestos o bien no son perceptibles. Antes de nacer, carecemos de recuerdos por carecer de capacidad para percibir información, por lo que nuestra ausencia prenatal de recuerdos es el recuerdo de la nada. Cuando "se habla de la nada, no se trata de otra cosa que de una idea de la nada. De hecho, considerándola desde el punto de vista existencial, se trata de un modo del ser. Al poner a lo absoluto en oposición a lo relativo, lo absoluto, la trascendencia, deviene inmanencia. Cuando lo absoluto se degrada y se  vuelve relativo, no se convierte en otra cosa que en una idea de lo absoluto, y como tal, no es sino un mero relativo entre los demás relativos y debe volverse, igual que lo relativo, inmanente." (Tanabe. Filosofía como meta-noética. Herder. Barcelona 2014, pag. 358)

La fuente de poder que hace que los seres sean no puede estar en el mundo, pues seria una duplicación del mundo, la fuente de poder ha de ser trascendente al mundo. Dado que el único ser o ente trascendente que conocemos en tanto primer objeto de nuestro entendimiento es la nada eterna, la fuente de poder ha de estar en la nada. El poder trascendente ha de ser capaz de trascender la trascendencia para promover la auto-realización del mundo en el espacio-tiempo. Lo que nos trasciende es el mundo arrojado a la existencia, en palabras de Heidegger. Si el mundo carece de poder propio, todos los seres del mundo son contingentes. Si existe algún ser necesario ha de ser trascendente al mundo. Solo puede haber un único ser necesario y suficiente. De haber más, ninguno necesitaría de ningún de los otros, pues todos ellos serian seres necesarios por si mismos, pero o bien dejarían de ser suficientes o bien resultarían redundantes. Como seres transcendentes, en el decir de distintos filósofos, tenemos a Dios, la eternidad, la nada, la sabiduría, la bondad y el uno; hemos de concluir que todos ellos son aspectos de una misma y única entidad. Desde la perspectiva de los seres racionales inmanentes que somos, las características del ser suficiente se ven como atributos del Ser Absoluto: unidad, eternidad, bondad, sabiduría, omnipresencia escondida, omnisciencia, poder…

La nada informe carece de diferencias internas.  Los seres son llamados a ser desde la nada, pasando a ser al diferenciarse entre ellos. Los seres surgen del seno de la nada, pasando a participar del ser, como ser recibido o ser pensado a imagen y dependiente del Ser pensante. El mundo no surge por emanación, no es panteísta, se constituye por trascripción de la información contenida en el conocimiento de la omnisciencia, al igual que el edificio es la trascripción de la información contenida en los planos que lo describen o la melodía que surge por la trascripción en sonidos de la partitura al interpretarla o el actor que interpreta al personaje. Todo ente se reconoce no por ser idéntico a sí mismo, sino por ser el mismo consigo mismo en todo momento, ser uno mismo implica ser diferente de lo otro, de lo distinto de sí  mismo; por lo que cada  ser que es, cada ente, entraña la referencia a un no-ser relativo a ese ser. Todo ser tiene una correlación con su no-ser relativo, que corresponde al conjunto de todos  los demás seres. Una relación equivalente a la que existe entre el molde y lo moldeado. El Uno piensa la Nada como su no-ser, con lo que al pensarla, la hace participar de su ser, surgiendo, como consecuencia, todos los demás seres. En términos aristotélicos, podemos decir que entre la Nada, pura potencia, y el Uno, acto puro, se encuentran los seres contingentes  como mezcla de potencia y acto. Los seres del mundo están mediados por la nada y participan del uno. Si ser es la articulación de la pluralidad en la unidad, pensar es concebir esa articulación. Ser y pensar son análogos en tanto ambos son síntesis. 
El No-ser absoluto será el no-ser del Ser absoluto, lo Otro, lo que, al menos en apariencia, no es: La nada. Platón señaló como raíz última del ser a un mismo principio que denominó con dos nombres: El Bien y el Uno.

Desconocemos la demostración utilizada por Euclides de Megara en soporte de su afirmación de que el Bien y el Uno eran una misma cosa, pero, dado que los Megáricos solían partir en sus razonamientos de proposiciones disyuntivas, intuyo que Euclides pudo razonar de forma parecida a la siguiente: "El Bien es uno. Si fuesen dos, o bien ambos eran iguales o bien uno era mejor que el otro. En el primer caso, ambos serían indiscernibles y serían  uno y, en el segundo, uno de ellos sería mejor que el otro, con lo que el mejor de los dos sería el Bien. Por tanto, en cualquier caso, el Bien solo podría ser Uno".

Ser un ente requiere constituir una unidad. Fuera de la nada, de la eternidad y del uno, que son entes simples, los demás entes serán unidades compuestas, uniones, síntesis. Todo ser, en tanto ente, es uno. En todo ente, el que es o ente es unitariamente lo que el ente es o esencia. La identidad inmanente de un ente  es la manifestación de la articulación de lo múltiple en uno, siendo esa unidad la determinante de la identidad de cada ser.

Parménides afirmaba que el Ser era el Uno.

Sobre las estrechas relaciones entre el Ser y el Uno, Aristóteles nos dirá en el capítulo II del libro cuarto de la Metafísica que "si el ser y la unidad son una misma cosa, una misma naturaleza, puesto que se acompañan siempre mutuamente como principio y como causa, sin estar, sin embargo, comprendidos bajo una misma noción...es evidente que el ser no se separa de la unidad, ni en la producción ni en la destrucción. Asimismo, la unidad nace y perece con el ser. Se ve claramente que la unidad no añade nada al ser por su adjunción y, por último, que la unidad no es cosa alguna fuera del ser. Parece que, en efecto, la unidad y el ser no solo no son una misma cosa, aunque estén estrechamente unidas, sino que, por el contrario, designan conceptos relacionados, existiendo una clara dependencia de la unidad respecto del ser, ya que aquella no añade nada a éste y no es cosa alguna fuera del ser. Mientras la unidad necesita del ser, el ser no precisa de la unidad, la constituye.”

Ya en El Parménides de Platón nos encontramos con una primera crítica a las concepciones del eléata, haciéndose patentes las dificultades que se derivan de pretender unificar al Ser con el Uno. En su diálogo con el joven Sócrates, el ficticio Parménides defenderá la tesis de Zenón de que no existe lo múltiple, tesis que, como Sócrates señala, coincide con la afirmación del maestro de que todo es uno. "Si el uno no es, nada es" (166 c), dir. Parménides defendiendo la pretendida identidad entre el Ser y el Uno frente a un Sócrates que niega que lo múltiple pueda ser uno. Salvo que todo sea nada, identificándose, tanto el uno como lo múltiple, en y con la nada.

Plotino nos dirá en sus Enéadas que lo Uno es origen y causa de toda unidad y, por lo tanto, de todo ser, añadiendo: "para que el ser sea, lo Uno mismo no puede ser un ser". “Es porque nada hay en lo Uno por lo que todas las cosas provienen de El. Así, para que el ser sea, es preciso que lo Uno mismo sea el no ser, sino aquello que engendra el ser. Es manifiesto que el artífice de la realidad y de la sustancia no es, él mismo, ninguna realidad, sino que está más allá de la realidad y de la sustancia". "Cuando se trate del principio que es anterior a los seres: lo Uno, este principio permanece en si mismo. El principio no es la totalidad de los seres, pero todos los seres provienen de El; no es todos los seres, más bien no es ninguno de ellos, de manera que puede engendrarlos a todos." (Enéadas V, 2 y 3). Si no hay nada en lo Uno, el Uno es la Nada.

Vemos como, para Plotino, el Uno, desde su indeterminación y uniformidad, engendra en su  seno vacío y carente de ser todas las cosas, quedando éstas determinadas en su multiplicidad. Nos encontramos con un Uno que él mismo no tiene ser, ni es ninguno de los seres aunque es principio de todos ellos.

¿Cual es el problema? El problema surge si identificamos el Uno de Plotino con el Uno de Platón y a éste con el Bien y a ambos con el Ser. Dicho de otra forma, si identificamos al Uno con el Ser. Tendríamos un Uno que no es, identificado con la Nada, que resulta ser y ser el Ser Absoluto. La naturaleza contradictoria del ser se hace patente. Parménides, probable alumno de Jenófanes, defendía un Uno eterno y aseguraba que el Uno es Dios. Parménides, en busca de lo permanente, estudia "el ser" como un principio estable unificador de lo real que transciende el continuo cambio de la apariencia.

El Uno inmóvil de Jenófanes reaparece en la inmutabilidad del Ser parménico. En ese Ser-Uno en el que se anula toda diferencia, tanto en el espacio como en el tiempo. El "ente único" no tiene ni pasado ni presente, es eterno. El Ser de Parménides es unívoco y comprende todo: todo es uno. Antes, los pitagóricos se habían referido al Uno como principio de todo. Alejandro Polystor (siglo I a. de C.) resume la cosmología pitagórica diciendo: "El primer principio de todas las cosas es el Uno. Del Uno vienen los números, y de los números los puntos, líneas y figuras planas y sólidas, de estas los elementos y, a partir de ellos, se origina el cosmos” Una vez más encontramos quien considera que el cosmos es producto de la información, añadiendo que se trata de una información cuantificada. Opinión que declarará siglos más tarde Galileo como principio ontológico, la cuantificación del universo.

Para Parménides, el Ser solo se percibe intelectualmente, ya que el propio Ser se desvela ante el pensamiento, identificándose con éste "pues lo mismo es el pensar y el ser" (Poema 3,1), "lo mismo es el pensar y aquello por lo que es el pensamiento. Pues no sin lo Ente, con respecto al cual es expresado, hallarás el pensar"(8,35). El pensamiento se expresa en el ser y el ser se descubre en el pensar. Por el contrario, los sentidos, “órganos engañosos” (16.1), solo son capaces de percibir la multiplicidad y el cambio de la apariencia, solo la razón no engaña y solo por la intelección se contempla al ser con su unidad y permanencia. El pensamiento unifica lo diverso y descubre la verdad del ser que los sentidos empañan. La visión intelectual permite captar los principios de la identidad que son los de la ciencia.

El Ser que subyace tras toda apariencia es, según Parménides, la auténtica realidad, siempre idéntico a si mismo "es ingénito e imperecedero, pues es completo, imperturbable y sin fin " (8,3-8,4). Con la inalterabilidad del ser, Parménides produce un hiato entre el pensamiento y la realidad sensible que Platón llevará a sus últimas consecuencias con la dualidad y separación entre el mundo de las ideas y el mundo sensible. Frente al sentido común, la realidad es, según Parménides, indivisible, inmóvil, semejante a una esfera en la cual no tienen lugar ni el tiempo, ni el vacío, ni la pluralidad. Es esa realidad, atemporal, homogénia y compacta, la que identificamos nosotros como la Verdad Absoluta de la omnisciencia original, pendiente de ser transcrita como realidad del mundo mediante las palabras adecuadas en el lenguaje oportuno.


La intención constituyente de la esencia o en-si de los seres es información ejecutable, ha de contener en si misma el conocimiento para actuar y el poder y el ámbito para hacerlo se lo ha de proporcionar el espacio tiempo como receptor y procesador de esa información. Los seres desarrollan su intención mediante la acción. Hay dos tipos de acciones: implícitas y explícitas. Las acciones implícitas son internas y van configurando el propio ser, traducen la cosa en si en su manifestación, hacen que el embrión se transforme en individuo adulto. Las acciones explícitas son externas y hacen que cada ser contribuya a la transformación del mundo. Todas las acciones procesan la información recopilada mediante la atención. Los seres se identifican con su actividad y lo que son es producto de lo que van haciendo.

Comprender que la naturaleza de la esencia de los seres es información y que el mundo es la transcripción física de un mensaje que se difunde dialécticamente, a través del tiempo y del espacio, por el que la nada se manifiesta, nos permite contestar las preguntas que nos hacíamos sobre los grandes pasos de la realización del universo.

-Hay algo en lugar de la nada, porque de no haberlo, la información original contenida en la nada no se hubiese puesto de manifiesto.

-Hay vida, porque la vida proporciona un sistema eficaz para la  difusión de fragmentos de esa información mediante su reprodución y propagacion.

-Hay seres conscientes, para disponer de receptores de esa información que puedan entenderla.

-Los seres racionales intercambian la información que poseen, para reunir los fragmentos de informacion que cada uno de ellos tiene, a fin de acumular la información suficiente que la haga inteligible.


Concluyendo

La esencia constituyente de los entes es información que compone el contenido y la estructura de la Nada-Uno eterna. Su proyección sobre el espacio-tiempo configura en mundo, mostrándose como manifestación que se dispersa a través del espacio-tiempo. La manifestación es percibida como representación por quienes la observan. La esencia de los entes está diferenciada en intención y atención. La atención está integrada por la percepción, la memoria y el entendimiento. El entendimiento descripta e interpreta la información que recibe de la percepción y la que recupera de la memoria; es selectivo y hace que la percepción se limite a captar lo que es o pudiese ser relevante para las funciones del ente.

Al ser el ente una expresión lingüística y el ser un discurso, la ontología constituye la filosofía de la historia, puesto que, además de explicar la esencia del mundo como información, explica su evolucion como diálogo. La realidad fáctica coincide con la realidad histórica. El futuro se configura a partir del pasado mediante un gran diálogo. El mal es la introducción de la violencia en ese diálogo. La existencia es la mutua manifestación de las esencias diferenciadas mediante sus formas en un espacio-tiempo compartido dialécticamente. La duda está en saber si hay existencia trascendente al tiempo y espacio en el que vivimos. Al morir, regresamos a la nada de la que salimos, pero, al constituir nuestra existencia una narración, queda la posibilidad de subsistir como individuos trascendentes por toda la eternidad en la memoria que Dios guarde de nosotros como biografía, recuerdo que debiéramos compartir en Dios con todos los seres racionales. Previsiblemente, seremos recordados en nuestra plenitud, es decir, por nuestra biografía integral, como sujetos objetivos y sujetivos, la cual incluye tanto el recuerdo de nuestras acciones y sus efectos, como el de nuestras impresiones y sentimientos. En paralelo, el mundo guardará, mientras exista, testimonio inmanente de nosotros por nuestro rastro, nuestra huella y nuestras trazas, incluyendo nuestros restos. Parte de la huella dejada por nuestras acciones serán los efectos e impresiones que hayan podido dejar nuestros actos y palabras en otros seres humanos y parte de nuestra traza quedará entre los recuerdos de quienes nos hayan conocido o sabido de nosotros por otros. La diferencia entre el antes de nacer y el después de haber vivido, es que antes, nuestra biografía era potencial, abstracta e indefinida, mientras que después de vivir, nuestra biografía es actual, real y perfectamente definida; habiendo quedado mediada por nuestras circunstancias pero también por nuestra libertad, lo que nos hace responsables de ella.

Todo saber es incierto, la experiencia condiciona la teoría y la teoría condiciona los experimentos que hacemos. La ciencia estudia lo concreto buscando su generalización, mientras la filosofía parte de conceptos abstractos en busca de la posibilidad de concretarlos. Conforme entendemos el valor simbólico de nuestra reflexión, comprendemos que tiene que haber realidades que somos capaces de intuir pero incapaces de conocer, realidades con atributos de los que incluso dudamos sobre qué nombre debiéramos darles. Tanabe defendía que la filosofía es meta-noética, una búsqueda del saber más allá de lo conocible. Para Tanabe, la misión de la filosofía es "tomar una posición mediadora entre la ciencia y la religión" (Filosofía como meta-noética. Herder, Barcelona ,2014. Pag. 327)

Hablar del fundamento como algo previo a la existencia del mundo es hablar de algo previo a toda posibilidad de la experiencia. La única experiencia previa a la existencia es el recuerdo del vacío de recuerdos previo a nuestro nacimiento, un vacío identificable con la nada de la que procedemos. Todas las reflexiones anteriores que se recogen en este documento son especulaciones mentales, imposibles de contrastar con la experiencia humana. ¿Qué podemos saber? ¿Qué nos cabe esperar? ¿Qué debemos hacer? Se preguntaba Kant. Lo que hemos hecho es un ejercicio en búsqueda de un fundamento de la existencia del mundo, de una explicación de su esencia, de una comprensión de su mecanismo de evolución y una esperanza sobre nuestro incierto futuro que oriente nuestras acciones. El Ser eterno trascendente solo puede ser conocido en la medida en que se nos manifieste. Lo que en esta reflexión hemos tomado por manifestación del Ser absoluto ha sido la realidad del mundo; otras formas imaginables de la posible revelación del Ser Supremo, fundamento y creador, serían: La experiencia religiosa sentida en el corazón de los hombres, por medio de la fe o incluso alcanzada por el éxtasis, y los textos ofrecidos a nuestra reflexión por medio la revelación a los profetas. Según la forma de revelación que aceptemos, reconoceríamos a Dios como Creador, como Espíritu o como Verbo.

Sobre el alma


Las almas son esencias cuya intención culmina en voluntad y cuyo entendimiento es auto consciente. Las almas pueden comunicarse con otras almas mediante diferentes leguajes simbólicos y otros medios de transmisión de información, son inteligentes. El entendimiento del alma es imaginativo, lo que le permite inventar e innovar, además de percibir y sentir. El entendimiento humano contrasta la información que recibe o recuerda y deduce información adicional de la que ya posee, es racional.

Dios influye en el mundo directamente pero, preferentemente, por medio de las almas, función cuyos efectos se reconocen como providencia o actos providenciales.

El alma, tras manifestarse como cuerpo, mantene su influjo en el cuerpo mientras está vivo, interactuando con el cuerpo mediante la mente, que es la actividad cerebral, sintonizándose con ella. La información procesada por el cerebro es compartida por la mente con el alma. Mientras la mente se deteriora con la degeneración del cerebro, el alma no deja de enriquecerse con cada experiencia que comparte con la mente. El olvido es pérdida de la memoria codificada en el cerebro. El alma guarda la experiencia del olvido.

Las almas son eternas en su potencial y en su plenitud, estando, no ya enraizadas en la trascendencia, sino permanentemente, eternamente insertas en ella, lo que está en el tiempo son sus acepciones producidas por su conexión con el cuerpo. Debido a su situación, la percepción de las almas vislumbra la trascendencia, lo que da origen a la experiencia religiosa. Plotino hablaba de una parte indescensa del alma que permanece por siempre en la eternidad de la trascendencia. (Eneidas.Libro IV, 8, nota 726).

Las almas no toman los cuerpos, los configuran conforme a su propia esencia. El alma no invade un cuerpo, sino que se reviste del cuerpo que contribuye a confeccionar y el cuerpo asume las características que el alma le especifica según sean los rasgos de su esencia. Cada cuerpo es un logos específico e irrepetible materializado, cuyo en sí o esencia es su alma. Al separarse del cuerpo, tras la muerte, al producirse la muerte cerebral, el alma se retrotrae plenamente a la trascendencia, su morada natural, abandonando las condiciones espacio-temporales a las que se encuentra expuesta mientas está vinculada al cuerpo, volviendo su atención a la eternidad, un mundo sin tiempo ni espacio, trascendente y suprasensible, inteligible e invariable. Un mundo de plenitud, en el que y desde el que, la divinidad cohesiona y gobierna todas las cosas.

En la eternidad no hace falta ni la memoria, ni el razocinio, ni el lenguaje; dado que todo está presente a todos. No hay necesidad de raciocinio, ya que la intelección es plena, no habiendo necesidad de añadir ni deducir más información. Cesa toda actividad, dado que no hay nada que lograr que no se tenga, al no haber devenir, no hay proyectos; con lo que la vida se hace plenamente contemplativa. Dado que en la eternidad no cabe la secuencialidad ni el cambio, sin anterior ni siguiente, el alma no anhela nada y vive en paz. La experiencia vital, espacio-temporal, ha permitido desarrollar la potencialidad de lo que podría ser en la actualidad de lo que ha sido, permitiendo a cada alma contribuir a su plenitud con sus decisiones y acciones a lo largo de su vida temporal, haciendo de si misma lo que es, es decir, su biografía.
 

El alma percibe tanto lo sensible como lo inteligible. Al separarse del cuerpo pierde la posibilidad de percibir sensaciones, pero, como afirma Plotino (Enéidas IV, 4, 28) al independizarse del cuerpo,  “percibe lo inteligible como un conjunto de intelecciones múltiples y simultaneas”. Lo sensible existe sucesivamente y por partes, mientras que lo inteligible es simultáneo y en acto. En términos musicales, fuera del tiempo no puede haber melodía, pero si armonía, plena armonía. La vida eterna es un acorde magnífico. Al inteligirse a si misma intelige todo en tanto que en su intelección del todo incluye el conocimiento pleno de su propia identidad y la contemplación de la esencia de la divinidad. El conocimiento intelectivo es más pleno y veraz que el sensitivo. Lo inteligido es lo que Aristóteles llamó formas puras o esencias y Platón  Ideas, los en sí kantianos, las voluntades tras las manifestaciones de Shopenhouer. La plena sabiduría la alcanza el alma en el instante en que, habiendo abandonado el cuerpo y el mundo sensible, se detiene a contemplar la verdad inteligible y deja de razonar y recordar. La vida de carencia y búsqueda errante por el tiempo, queda sustituida por una vida satisfecha y plena en la eternidad. Plotino dirá que las afecciones experimentadas mediante el cuerpo, dejan de ser afecciones y recuerdos para pasar a ser conocimiento profundo de la afección.

El cielo o el infierno es la necesidad de tenerte que gozar o sufrir a ti mismo como compañero sin posibilidad de poderte ocultar ni ante ti mismo ni ante los demás. La verdad de ti mismo queda expuesta bajo la luz de la verdad plena. Lo que hiciste de ti lo hiciste para ti. Deberás gozarlo o padecerlo eternamente. Si de lo que hiciste mal te has arrepentido, te habrás reconciliado contigo y estarás en paz contigo mismo. Al no poder esconder de ti mismo la realidad desnuda de lo que verdaderamente eres, deberás sufrir, eternamente abochornado, la contemplación de tus vicios y disfrutar, feliz, de la visión de tus virtudes. Dependerá de ti mismo, de tu deseo de ocultación de tu propia realidad y de tu disposición ante lo divino, de lo orientado o desorientado que desees situarte respecto a la fuente de la verdad, a fin de esconder en lo posible las primeras en la penumbra o realzar las segundas a plena luz divina.










 

martes, 9 de junio de 2015

La Escuela de Kioto



Metafísica

Escuela de Kioto

Cuando a mediados del siglo XIX, la expansión dominante de los europeos por el globo dejó clara la superioridad de la cultura occidental, otros pueblos se cuestionaron por el secreto de Europa.

Los árabes reaccionaron ante el reto con la Nahda, con la idea de levantarse, de despertar, de renacer. El renacimiento árabe fue instigado por la invasión napoleónica de Egipto y se trató de un renacimiento literario propio de un pueblo fundamentalmente humanista que se interesó por la cultura europea. Los intentos de modernización de Muhammad Ali llevaron a numerosos estudiantes egipcios a las universidades europeas, con la intención de formar con ellos las nuevas clases dirigentes. Pero el interés de los estudiantes se centró en la literatura y los resultados fueron, fundamentalmente, literarios y legales. Al-Nahda fue un importante, renovador y productivo movimiento cultural, predominantemente literario, del mundo árabe.

Por el contrario, tras las exigencias de la armada americana del Comodoro Perry, la revolución Meiji, japonesa, focalizó su interés en la física, considerando que era la física lo que daba a Occidente la primacía sobre el resto del mundo. Los japoneses enviaron a sus jóvenes a estudiar física a Europa y los EE.UU. y contrataron profesores de física que enseñasen en las universidades japonesas. El resultado fue que, en no muchos años, Japón había asimilado la tecnología occidental y sus fábricas estaban compitiendo a nivel mundial, algo de lo que no fueron capaces los árabes.

Pero tras la masa de japoneses ávidos del saber tecnológico, hubo uno, en una segunda oleada generacional, que se interesó por el pensamiento filosófico occidental, Nishida Kitaro. Nishida, fue discípulo de Heidegger, en Alemania, interesándose por Kant, Schopenhauer, Nietzshe y Hegel, a los que tomó como referentes para comprender la filosofía occidental de su tiempo. Terminó como catedrático de filosofía en la Universidad de Kioto. Es autor de libros como Indagación del bien y Pensar desde la nada.

Alumno de Nishida en la Universidad de Kioto, Universidad de la que posteriormente fue profesor, Tanabe Hajime, por consejo de su maestro, también fue a Alemania a estudiar filosofía, estudiando con Riejl en Berlín, con Hussel en Friburgo y con Heidegger en Marburgo. Interesado en un principio por la Filosofía de la Ciencia, se sintió atraído por la fenomenología y el existencialismo. En su filosofía, prima la fe sobre la razón. Escribió un Estudio sobre filosofía de las matemáticas y Filosofía como metanoética.

Nishitani Keiji, discípulo de Nishida y Tanabe en Kioto y de Heidegger en Friburgo, Alemania, existencialista, es considerado como el principal exponente de la Escuela de Kioto. Su libro La Religión y la nada, está influido por  Heidegger y por Nietzsche, pero, fundamentalmente, por el budismo Zen. Se interesó por la Biblia y por la vida y obra de San Francisco de Asís.  Como los dos anteriores, también fue catedrático en la Universidad de Kioto.

Tres son las principales diferencias que observo entre el pensamiento de la Escuela de Kioto y la filosofía occidental: La forma de observar la realidad, el fundamento del pensamiento filosófico y la primacía del grupo sobre el individuo.

-La forma de observar la realidad: Mientras los filósofos occidentales analizan el objeto desde un sujeto que lo percibe en imágenes de la realidad que encapsula en conceptos; la Escuela de Kioto propugna por evitar la dualidad objeto-sujeto y trata de “experimentar” la realidad como un todo, mediante el acto al que se llamó “experiencia pura”. El filósofo deberá esforzarse por experimentar su propio kensho, verse a si mismo como parte integrante del todo para descubrirse a si mismo en su naturaleza verdadera

-El fundamento último de la realidad: Si ya desde Parménides, el principio y fundamento temático de los filósofos occidentales es el ser, el fundamento y realidad última de la filosofía de la Escuela de Kioto era la nada.

-El centro de atención social: El énfasis en el individuo de Occidente, contrasta con la importancia del grupo para las culturas orientales.

La observación de la realidad.
La percepción del todo y desde el todo requiere que el sujeto se ejercite por identificarse con la totalidad de lo existente, recorriendo el camino (Do) de la mística mediante ejercicios de meditación, en busca de la disolución del yo subjetivo y personal, en un yo universal, que simultáneamente se hace objeto y sujeto. Para lograr este objetivo, los filósofos de la Escuela de Kioto, aconsejan la práctica del Zen  junto con la práctica de otros métodos iniciáticos, típicamente japoneses, como son las artes marciales, la caligrafía, la ceremonia del te, la decoración floral o la danza; así como la práctica de artes manuales, como la cerámica, la talla de madera o la pintura. La idea es basar la filosofía en la experiencia en vez de hacerlo en la teoría; en lo concreto y el ahora, en vez de recurrir a la abstracción. Se trata de un empirismo radical que evita contaminar la experiencia con ideas no incluidas en esa experiencia y evitando transformar la realidad de la experiencia vivida en su representación mental. La experiencia pura lleva al “despertar”, descubrir la realidad como un todo del que el observador también forma parte; un estado de la realidad previo a la distinción y diferenciación de sus partes en la conciencia, incluida la conciencia de la propia conciencia como sujeto ajeno a lo observado.

Desde esa presencia unificadora de mente y cuerpo con el cosmos, la acción es por “intuición”, en la actividad ordenada de la unidad operativa del cuerpo y la mente sobre el mundo, sin que intermedie reflexión alguna, como actúa el maestro de esgrima.

La experiencia del despertar es una experiencia mística en la que se busca experimentar la nada y la unión del propio ser con el todo. Una dialéctica entre lo uno y lo múltiple, basada en la experiencia Zen, tratada filosóficamente por la Escuela de Kioto mediante métodos racionales occidentales.

Personalmente, he hecho el ejercicio de no ver nubes, sino contemplar el cielo, y no ver las montañas ni los ríos, sino contemplar el paisaje. Olvidando que el cielo se llama cielo y el paisaje, paisaje; para integrar después ambos en lo contemplado e intentar, a continuación, incluirme a mi mismo en lo contemplado como pieza integrada en un todo único. No se si el proceso es ortodoxo, pero modifica sensiblemente lo percibido. La experiencia es parecida a observar un cuadro abstracto en el que no hay ningún objeto identificable que poder nombrar y en el que, además, tu mismo formas parte difuminada del cuadro. La Escuela de Kioto considera que la realidad es una totalidad, un continuo, pero la observación racional de esa realidad la fragmenta en conceptos en su intento por representarla y comprenderla mediante abstracciones. Hay que despojarse de los conceptos y simplemente experimentar la realidad que se nos pone de manifiesto en su unidad. La comprensión se produce cuando el sujeto se siente uno con lo que observa. Todo es una misma unidad en su común ascendencia. La experiencia buscada trata de experimentar la unidad previa y subyacente a las distinciones. La experiencia del despertar es una experiencia mística.

La razón selecciona lo que nos resulta de utilidad entre toda la información que recibimos en el flujo continuo de la experiencia, el “despertar” consiste en inhibir los filtros racionales y detener las distorsiones y aportaciones que el intelecto introduce en lo observado. La realidad es continua y cambiante, hay que observarla sin discernir aspectos ni retener estados. El conocimiento puro es lo que puede ser experimentado tal y como se nos da, antes de interpretar lo percibido. Creo que lo más parecido a la experiencia pura es escuchar música. Cuando se experimenta el estado de la propia conciencia no existe ni objeto ni sujeto, todo es uno en la experimentación. La experimentación está desprovista de diferencias, de distinciones y de significado. Distinciones, conceptos y significados son añadidos de la mente a la experiencia. Todo juicio sobre una experiencia distorsiona, filtra y diluye la experiencia. La experiencia no se piensa, se siente. Toda interpretación está orientada por una voluntad; para abrirse a la experimentación directa, hay que renunciar a la voluntad mediante el olvido de si mismo. Las formas a priori de la intuición kantiana, el espacio y el tiempo, son contribuciones puestas por nosotros a la experiencia para poderla encuadrar y capturar, cuando hay que dejarla fluir sin discernir el dónde ni el cuando. Cuando ubicamos la experiencia para extraer su significado aparece la distinción entre objetividad y subjetividad, perdiéndose la unidad del observador con lo observado.


El fundamento de la realidad.
La experiencia pura es la clave de la Escuela de Kioto. El fundamento de la unidad experimentada es la nada (sunyata). Lo cual es común a todas las cosas, incluidos nosotros mismos, es la nada lo que está en el origen común y constituye todo lo existente. La nada es lo que proporciona la identidad y la fuerza unificadora de todo en el todo. Descubrir la nada como constituyente de todo es comprender la realidad última de todas las cosas. La nada no es una cosa, es el vacio en el que las cosas son. todo se funde en uno, manteniendo su distinción en su forma. Descubrir esa nada como constituyente del yo es comprender la realidad de uno mismo. La fuerza unificadora de la nada está en nuestro interior y fuera de él. Conocer la nada es serla y saberse nada. Alcanzar el despertar es vaciarse del yo y descubrirse en la nada, contemplando la unidad de todas las cosas en la nada constituyente y origen de todo, incluido el propio ser. Las formas de la diferenciación son la manifestación de la nada informe y una de la que derivan todas las formas en su multiplicidad. El conocimiento en el campo de sunyata es un conocimiento directo e inmediato de la realidad de las cosas, frente al conocimiento mediado por la representación. El proceso de interiorización de la meditación profunda consiste en sumergirse en la nada constituyente. Nishida llama Dios al contacto con nuestra propia realidad profunda. Dios y la nada son dos caras de una misma realidad, de una única realidad profunda. La nada es fundamento de todo lo demás, de ella derivan las formas. Dios y la nada son la realidad suprema, de la que Dios es el aspecto trascendente y la nada el inmanente. La mirada pura hace ver lo divino en nuestro interior. El proceso místico, al buscar la nada en nuestro interior, nos pone en presencia de Dios. La nada es inherente a todos los seres creados. La mirada pura o mística revela la afinidad del yo con todas las cosas y la divinidad que yace en él. No hay nada que no sea una manifestación de Dios, sin que se identifique con Él, evitando, así, el panteísmo. La diferencia de esta concepción de la divinidad con el panteísmo está en el reconocimiento de la trascendencia de la divinidad. Si todo lo que existe es una expresión de la divinidad todo es valioso y respetable, lo que proporciona una mirada ecológica del cosmos. Desde la mirada cósmica, el observador se siente y se sabe uno con el flujo de la existencia. La persona y las cosas son abstracciones finitas, fragmentadas de la experiencia pura, comprensiva y globalizadora, siendo a esas abstracciones a las que se asignan los conceptos. El conocimiento requiere de la escisión entre el sujeto y lo conocido, forzando a la multiplicidad del Uno, mediante la cual el Uno se hace creador de las formas. La nada, al hacerse múltiple sin dejar de ser Uno, sigue siendo intrínsecamente Nada, pero incluye a lo múltiple. Como consecuencia, todas las cosas están interconectadas y forman un todo unido en su expresión de lo informe al conformarse. Recordar el origen común es tener presente la vinculación de todo con todo. La nada es el seno donde se dan las interrelaciones de las partes, es como una red, (imagen en consonancia con la interpretación que tiene actualmente la física del vacío), una interrelación de formas múltiples entrelazadas en una única realidad. Occidente ve la nada como negación del ser, pero la Escuela de Kioto la considera lo originario y absoluto. Al final, todo vuelve a la nada de la que procede, situada fuera del espacio y del tiempo, y en la que el hombre logra la unión con Dios en y por la eternidad.

Individuo y sociedad
El protagonista social no es el individuo, sino el individuo integrado en una sociedad. Como en la estructura reticular de la nada, en la red social, cada miembro es un nudo conectado a los nudos de su entorno que, a su vez, se encuentran vinculados a otros nudos. Cada miembro de la red se encuentra afectado por las acciones del resto de los miembros, lo que recuerda a la creencia cristiana de la comunión de los santos. Los intereses del grupo están por encima de los del individuo. Al igual que toda la realidad esta interconectada, todos los miembros de una sociedad están interconectados y todos los seres humanos están interconectados. Todo existe en virtud de la existencia del resto y esa interdependencia e interrelación se refuerza entre los seres humanos en el seno del entre (aidagara), el espacio que los separa y une. El individuo alcanza su individualidad como perteneciente a grupos, no como ser aislado. Entre la Humanidad unida en la Nada y el individuo, media la especifidad. Entre la categoría universal del Uno y la categoría individual de la persona, está la categoría de la especificad de los grupos particulares. El peligro es tomar a la especificad como absoluto y caer en la tentación de identificarse con grupos cerrados que impiden crecer hasta la identidad y conciencia global. En eso radica el mal del nacionalismo. Al identificarse con un grupo encerrado en lo que no es, se pierde incluso la visión de lo que realmente es, que es la unidad del Uno universal. La experiencia pura y la identidad universal son inalcanzables desde la trampa de los grupos cerrados en si mismos. La ética es la regulación del comportamiento social y la asimilación de los principios éticos se produce con la iluminación del individuo al renunciar al yo egoísta y reconocerse integrante de la nada universal. El individuo entregado al nacionalismo es incapaz de un comportamiento ético puro. El comportamiento nacionalista lleva a la confrontación de los grupos y, finalmente, a la guerra. La experiencia de Japón de la segunda Guerra Mundial lleva a los filósofos de la Escuela de Kioto a una reflexión sobre su comportamiento personal durante los años previos y durante la guerra, que les hace pensar que el remordimiento por su falta por no alertar a la sociedad de los peligros del nacionalismo, les lleva a reconocer su obligación de tener que hacer una confesión pública por el error cometido y mostrar su arrepentimiento poniéndolo de manifiesto, algo que algunos de ellos hicieron. Se requiere cambiar el enfoque de las relaciones estrictamente étnicas y nacionales por relaciones internacionales y universales, la lealtad del individuo social no es con ningún clan, sino con la Humanidad. Es preciso pasar de la nacionalidad cerrada a la humanidad abierta, de la especificidad a la universalidad, de la ética de la confrontación de unos contra otros a la de la cordialidad de todos con todos. La nación confina a sus ciudadanos y les ciega ante la amplitud del universo, lo específico no es ético. Los líderes nacionalistas indoctrinan a sus súbditos, cegándoles a la realidad, para afianzar su poder y lograr sus propios fines. Para la Escuela de Kioto, el “pecado” de nacionalismo es un pecado de arrogancia del que el individuo puede verse liberado manifestando su  arrepentimiento sincero (zange), de forma que le permita acceder al ego cósmico, a fin de conseguir un renovado sentido y propósito social.

Lecturas recomendadas:

Filosofía como metanoética  (Philosophy as Metanoetics)
 de Tanabe Hajime, (1945),

Topos de la nada y cosmovisión religiosa (The Logic of Place and the Religious Worldview)
de Nishida Kitarō. (1945)

La religión y la nada (Religion and Nothingness)
 de Nishitani Keiji   (1961)


Nota: Mi propia reflexión sobre el Uno, Dios y la Nada será tema de un próximo artículo. 



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