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lunes, 18 de enero de 2016

Gestión del patrimonio urbanístico




Ignoro los motivos de la espantada del magnate chino Wang Jianlin, pero el largo proceso de negociación que ha precedido a su decisión parece indicar que podría haber sido causada por las dificultades que ponían las autoridades que rigen el Ayuntamiento de Madrid para abordar la remodelación del Edificio España. Si añadimos los retrasos y amenazas a otros proyectos, como el Metropólitan, Operación Chamartín o Mahou-Calderón, la situación resulta preocupante y me hace pensar sobre cuál es el sentido del concepto de patrimonio urbanístico y reflexionar sobre cuál debiera ser el criterio para valorarlo y gestionarlo.

Parto de considerar a la riqueza como una forma de energía, en tanto es una capacidad para modificar la realidad, un potencial para la acción. La riqueza inmobiliaria tiene tres atributos o calificaciones, pudiéndose distinguir entre: el valor de uso o funcional, el económico o de intercambio y el artístico-histórico o estético-nostálgico de un inmueble; lo cual complica su evaluación; aunque, para simplificar, el valor de uso puede considerarse incorporado en el económico. Un inmueble, tiene, por tanto, un valor económico, cuantitativo, que valora el mercado; más un valor artístico, cualitativo, para el que no tenemos una escala objetiva con la que medirlo. Cabría una valoración relativa que nos permitiese comparar un inmueble con otro y decidir cuál es artísticamente superior al otro. Si bien, al ser relativa, el resultado de la comparación dependerá del gusto y valores estéticos del evaluador, es una estimación subjetiva. La riqueza inmobiliaria, tanto económica como histórico-artística, se acumula como patrimonio de las ciudades. Una limitación física del patrimonio inmobiliario es el hecho de estar anclado al terreno, lo que supone una importante restricción para su sustitución, intercambio y renovación, que hay que aceptar. Como consecuencia, el valor estético y funcional de un edificio viene condicionado por su entorno, con el que debe estar en armonía, realzándolo y siendo realzado por él, además de ser complementarios en funciones y servicios. Todo edificio es un centro de actividad abierto a una red de desplazamientos, por lo que no sólo es importante su ubicación, sino también su orientación, por la captación de la luz solar para iluminar la actividad y por la importancia de la entrada al edificio, de por dónde se accede y desde dónde se accede; así como hacia dónde se mira, las vistas que tiene.

Los organismos vivos, suelen regular la adquisición y consumo de la energía que necesitan para vivir, contando con sistemas de acumulación que les permite gastar puntualmente excedentes de energía adquirida en tiempos anteriores. Cuando la disponibilidad de energía es escasa, su utilización está totalmente dedicada a cubrir necesidades en un régimen de supervivencia, solo en caso de acumular excedentes se puede derrochar energía en actividades superfluas e incluso ostentosas. En el caso de las ciudades, unos organismos vivos muy peculiares, también deben administrar su patrimonio inmobiliario en función de las necesidades a cubrir, sin renunciar a hacer uso de excedentes en acciones concretas, cuando se considere conveniente, generando actuaciones urbanísticas que exhiban la exuberancia de un momento histórico, debiendo velar las autoridades por la mejora permanente del patrimonio arquitectónico de la ciudad al fomentar el desarrollo urbano.

El anclaje del patrimonio inmobiliario al terreno fuerza, en ocasiones, a tener que elegir entre lo existente y lo que se propone realizar en un espacio concreto. En esos casos, se impone la necesidad de tener que comparar entre lo existente y lo proyectado, entre lo actual y lo potencial. Debiendo tenerse muy en cuenta la reflexión sobre si el balance energético de una operación es positivo, es decir, si el valor artístico y económico del nuevo inmueble supera al valor artístico y económico del anterior más la inversión económica necesaria para demoler el viejo y construir el nuevo. El tiempo es un componente del gasto, todo retraso y demora incrementan el coste económico de la renovación. El objetivo es optimizar el balance patrimonial de la ciudad. El criterio no puede estar basado únicamente en si lo que ahora tengo es bueno, sino en si la alternativa es mejor o peor que lo actual. En el caso de que lo que se tenga merezca ser salvado, a pesar de que lo propuesto lo mejore con creces, habrá que plantearse el desplazamiento de lo que ahora hay. Hay reliquias del pasado que se interponen en la ruta del progreso y no se pueden demoler por los valores que sean. No es la primera vez que eso pasa. Nos ocurrió con la Puerta de Hierro que impedía la construcción de la autopista de la Coruña, y se decidió desplazarla unos metros, en vez de paralizar el proyecto; nos ocurrió con los templos egipcios de Nubia, como los de Abu Simbel y de Debob, que paralizaban la construcción de la presa de Asuán, se trasladó Abu Simbel a donde las aguas no llegasen y nos trajimos a Madrid el templo de Debob como regalo del gobierno egipcio; el templo de Dendur se llevó al Metropolitan de Nueva York, el de Taffa al Rijksmuseum de Leiden, Países Bajos, y el de Ellesiya al Museo Egipcio de Turín, Italia;  pero no se paralizó la construcción de Asuán.

Por investigación operativa, sabemos que la optimación de una función está limitada por las restricciones que se impongan al sistema. Poner un exceso de restricciones es reducir las posibilidades de optimización. Da la impresión de que un posible problema de los proyectos urbanísticos fallidos en el municipio de Madrid se ha producido el verse constreñidos  los promotores por exigencias que impedían la viabilidad del proyecto, como resultado de imponerles las autoridades un balance muy negativo, gravado por plazos de demora indefinidos. Una de esas restricciones es la gestión del patrimonio urbano mediante criterios ideológicos. Como ya he citado en otro artículo de este blog, (bit.ly/1PiFYtt) Henri Lefebvre, el gran filósofo del espacio, dejó escrito que “los proyectos relativos al espacio, sean arquitectónicos, urbanísticos o de planificación, deben ser gestionados mediante el empleo político del saber, de un conocimiento en principio desinteresado, evitando caer en ideologías que tienden a confundirse con el conocimiento por aquellos que aceptan esta práctica” (La producción del espacio, IV.5). La ideología es la cristalización de un eslogan impermeable a la argumentación e ignorante de las restricciones y oportunidades de cada espacio, transforma la realidad en esquemas y la reflexión en dogmas, eliminando la consideración de toda información que se oponga a la ideología asumida. El Ayuntamiento de Madrid parece actuar bajo el principio inamovible de considerar que todo edificio tiene un valor estético irrenunciable que hay que salvaguardar; entendiendo por administración del patrimonio su mantenimiento, frente a toda oportunidad de mejora, por lo que priva a la ciudad de su renovación al dar prioridad a la conservación frente al desarrollo. Por ello, no se tiene en cuenta el principio de la destrucción creativa de Werner Sombart, analizada y popularizada por  Schumpeter, quien deja bien claro a lo largo de su obra que para construir hay que destruir, estando ese principio en la base de la actividad del emprendedor innovador. Y sabemos muy bien que sin innovación no hay crecimiento y sin crecimiento no hay empleo ni riqueza ni futuro. También Mijaíl Bakunin  sostenía que la  destructucción de lo viejo es la fuerza creadora de lo nuevo: "la pasión por la destrucción es una pasión creadora". En la práctica urbanística no se trata de destrucción, sino de regeneración. Houssmann demolió en París 170 iglesias y del orden de 55.000 viviendas, incluida la casa en la que él nació, para hacer los bulevares y la Gran Via madrileña se llevó 310 edificios por delante. En 1172, la expansión de la ciudad de Florencia desbordó las murallas romanas reduciéndolas a vestigios. Tenemos el ejemplo de la Baugrenelle en Paris y la historia de Troya, Susa o Leptis Magna, entre otras, con sus respectivas series de superposiciones de ciudades sobre los restos de las ciudades anteriores, son ejemplos paradigmáticos de la aplicación del principio de Schumpeter al urbanismo, con más acierto en unos casos que en otros. En Madrid, más bien parece que estemos en uno de esos casos en los que, como advertía Carlos Marx en los Grundrisse, "las fuerzas reaccionarias frenan el progreso potenciando el valor de los vestigios del pasado porque los tienen delante", mientras que "las virtualidades o potencialidades de lo proyectado solo adquieren todo su valor al desarrollarse".

El problema madrileño básico es no contar con un proyecto de ciudad que, respetando la identidad de la ciudad, villa y corte, defina objetivos globales para su crecimiento y desarrollo y, adicionalmente, en los proyectos concretos no parece que se haga un balance de patrimonio, no se compara lo proyectado con lo existente ni se plantean los beneficios de la renovación. Como consecuencia, se pierden oportunidades como la de contar en Madrid con el Museo de las artes, la arquitectura, el diseño y el urbanismo del arquitecto Emilio Ambasz, evitando la demolición del antiguo y deteriorado edificio de la UNED o nos quedamos empantanados con el viejo Edificio España, que por su fecha de construcción puede que sufra aluminosis, por conservar su carcasa. Un sarcófago vacío e inútil en clara amenaza de ruina. Por desgracia, ni siquiera contamos con un bosquejo del proyecto del edificio que podría haber sustituido al deteriorado Edificio España. Un arquitecto amigo me comentaba que mientras se habían demolido una joya arquitectónica de Miguel Fisac (la "pagoda" de laboratorios Jorba) y el mercado de Olavide para hacer una plaza fea; se pretenden salvar las cochambrosas cocheras de 4 caminos, o mantener la piel del edificio de la Plaza España, que a él le parece feo y sin ningún valor, y demolería sin contemplaciones para hacer otro que fuese más permeable a luz del oeste hacia esas calles a su espalda. Son todos esos casos muestras de carecer de un proyecto de ciudad y de no haber realizado un balance del Patrimonio Inmobiliario proyecto a proyecto. Hay obras que conviene conservar y otras a las que habrá que renunciar o desplazar, estudiando cada caso y cada alternativa dentro de un concepto global.



Ese tipo de actuaciones no solo priva a Madrid de edificios emblemáticos modernos, sino que lanza señales a los inversores internacionales y nacionales de que invertir en Madrid es entrar en territorio comanche, donde no se sabe cuales son las reglas de juego ni si serán respetadas. Como decía Lefebvre, a veces, el sustituir mentalmente el espacio social real por un espacio mental abstracto permite que "el poder de la burocracia esquive, con coartadas, reivindicaciones y propuestas", obligando a abortar proyectos de primera magnitud que engrandecerían a la ciudad.

En las declaraciones posteriores al portazo y fuga del inversor Wang Jianlin, dejándonos con la duda sobre que pasará con el proyecto Campamento o con los terrenos del Atlético de Madrid, los responsables del urbanismo municipal reiteraron la referencia al cumplimiento de la ley como razón para su inflexibilidad en las negociaciones sobre la mejor forma de regenerar el espacio ocupado por el Edificio España, pero en el caso del proyecto Metropólitan, la ley y el derecho parecen no contar, amenazándose a los propietarios del terreno con incumplir el APR 07-02 aprobado por la Comunidad de Madrid el 25 de julio de 2012 y expropiar a los cooperativistas que compraron el solar al Metro de Madrid en subasta pública con ese APR incorporado. Se proclama a bombo y platillo la defensa de los desahuciados por impago y se amenaza con desahuciar a 450 familias que han pagado sus viviendas. Recordemos que, según el diccionario de la RAE, desahuciar es quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea. La ley no se utiliza como herramienta de la justicia, sino como arma para potenciar la prepotencia de la Administración frente a los derechos de los ciudadanos, en manos de un ayuntamiento que actúa como prefectura. Una Administración que además de ser un poder ejecutivo tiene poder legislativo, no teniendo dificultad para alterar la ley cuando lo considera oportuno, no puede tomar a esa ley, que parece estar dispuesta a incumplir cuando le complace, como excusa de sus errores, sembrando la actividad inmobiliaria madrileña de incertidumbre e inseguridad jurídica. El problema es de mala gestión y falta de visión. El patrimonio urbanístico no puede administrarse por restricciones ideológicas, sino que debe gestionarse con criterios de mejora de ese patrimonio mediante operaciones que generen un balance de energía patrimonial positivo. La gran diferencia entre la concesión de los juegos olímpicos a Barcelona y, en mi opinión, la no concesión de los juegos a Madrid, se debe a que en el proyecto de Barcelona la política olvidó su ideología para seguir los consejos técnicos de los urbanistas y arquitectos y tenían un proyecto de ciudad. También yo dejaría mi ideología a un lado para dejar que el cirujano me opere como él crea debe hacerlo.

Los organismos vivos mueren de inanición cuando hacen una mala gestión de la energía de que disponen. Las ciudades también se van debilitando y deteriorando por mala gestión de su patrimonio urbanístico. Rechazar inversión foránea es espantar las posibles presas de primera, renunciar a una dieta nutritiva y altamente energética que asegure el desarrollo. Se habla del comerciante que se arruinó por no comprar, me temo que estemos llevando a la parálisis a Madrid por no demoler lo que conviene renovar.

Todo inmueble es medio para la ocupación y actividad de sus usuarios, es ground y background. Para atraerlos, ha de ser un medio atractivo al que quieran convertir en su medio. Además de la economía y el arte, en la ecuación del patrimonio urbanístico habría que dar cabida al capital humano, tener en consideración a los ocupantes de cada inmueble y la actividad que desarrollarán. Una de las funciones del proyecto Metropólitan es la de ofrecer la posibilidad de recuperar población emigrante joven y valiosa, al darles  la oportunidad de encontrar en su ciudad de origen la tipología de edificio que encuentran en el extranjero y en los que están acostumbrados a vivir.