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lunes, 24 de noviembre de 2014

La apoteosis de la apariencia





En alguna otra ocasión, he reflexionado en este blog, guiado por la larga mano de Parménides, sobre la dicotomía epistemológica opinión-verdad; hoy, ante el cúmulo de manifestaciones públicas que se están produciendo sobre el triunfo de la apariencia, quiero dedicar unos minutos a pensar sobre la dicotomía paralela, en el campo ontológico, apariencia-realidad.

Parménides nos advertía sobre los riesgos de seguir por el camino de la opinión abandonando el de la verdad. El artículo ¿Qué es la verdad? Del 14 de abril de 2012 ( http://carlosdelama.blogspot.com.es/2012/04/que-es-la-verdad.html ) explora alguna de las dificultades que se encuentran en el camino de la verdad cuando se intenta satisfacer la necesidad radical de certidumbre de la que nos habla    D. Julián Marías. En La acción política de la verdad (http://carlosdelama.blogspot.com.es/2012/04/funcion-regulativa-de-la-verdad.html ) la reflexión considera el valor persuasivo de la verdad, valor que la apariencia le disputa en un afán por satisfacer por la vía rápida esa necesidad radical de certidumbre de todo ser humano.

En los últimos meses, estamos asistiendo en España a una desequilibrada batalla de la apariencia sobre la realidad, en la que la capa de la apariencia cubre a una verdad derrotada y velada, sin permitirnos discernir cual es cual. En nuestra época, la apariencia se nos ha convertido en una compañera cotidiana. Vivimos ante la explosión de la imagen y la marginación de la realidad, en un mundo en el que ha quedado demostrado que si “la mentira se repite un número suficiente de veces, termina por ser creida como verdad”. Vivimos en un mundo de efectos especiales y ciencia ficción. En un mundo en el que las etiquetas esconden el contenido de los productos. En un mundo en el que se incumplen las promesas y se reescribe la historia. En un mundo en el que las fotos de los menús gráficos superan las imágenes de los alimentos servidos en el plato. Un mundo en el que las medias verdades ocultan completas mentiras. Podríamos seguir enumerando ejemplo tras ejemplo, pues no escasean.

El problema está tanto en tomar la imagen como real, como hicieron los primeros espectadores de las primeras proyecciones cinematográficas que se levantaban despavoridos ante la llegada de un tren o alzaban las manos pare evitar mojarse con el riego de una manguera que aparecía en la pantalla, unas personas a las que Orson Welles pudo aterrorizar con su retrasmisión de La Guerra de los Mundos; como es también un problema el considerar que toda manifestación es farsa y parodia. Siguen siendo numerosos los que defienden que las imágenes del aterrizaje en la luna se rodaron en un estudio cinematográfico. El resultado es que constituimos una población sumida en la desorientación y acostumbrados a ella como estado natural de las cosas. Sabemos que la luz de las estrellas que vemos tiene años de antiguedad, pero las vemos en su imperiosa actualidad y simultaneidad.

Somos una generación confundida y confusa, incapaz de discernir entre la apariencia y realidad ajenas y obsesionada por la imagen propia, como aquel hidalgo que salía a la calle con un palillo entre los labios para dar a entender que había comido. Somos la generación de la cosmética, la cirugia estética, la imagen retocada por el fotoshop y los selfies amañados.

El caso es que, ante las declaraciones de un joven estudiante, no somos capaces de saber con certeza si estamos ante un superagente secreto cuya brillante y precoz carrera al servicio de los intereses nacionales ha sido frustrada por los celos de un competidor que ha desvelado su doble identidad o ante un pillo paradigmático de la picaresca ancestral, sin otra arma que un teléfono movil y grandes dosis de imaginación y descaro. El caso es que casi un tercio de la población en edad de votar considera firmes, creibles y realizables las inverosímiles promesas de un grupo de teóricos de la manipulación, la imagen y la apariencia, versados en la especulación académica y los esquemas de pizarra, aunque, pública y reiteradamente, han demostrado, con su carencia de respuestas, (http://carlosdelama.blogspot.com.es/2014/11/mis-preguntas-podemos.html ) lo irrealizable de sus promesas. El caso es que quienes tienen en su mano la posibilidad, deber y poder para erradicar la corrupción se limitan a hacer declaraciones y enumerar tímidos propósitos, sin más objetivo que apuntalar los sondeos que pronostican su inminente debacle político, sin adoptar decisiones resolutivas y eficaces, como legislar  que los delitos de corrupción no prescriban, facilitar las denuncias de los actos corruptos y dando potestad a jueces independientes dotados de medios adecuados. !Con la de cientos de miles de testigos que han traído, llevado y entregado sobres, carteras y maletines! Seguro que más de uno está deseando irse de la lengua. ¡La de maletines que han circulado desde aquel 1984 con el famoso maletín con cuatro millones de marcos del consorcio industrial Flick del que el SPD hizo de mensajero! Al que habrían de añadirse los de Filesa, Malesa y Time-Export, Gürtel, Bárcenas, Pujol…eso sin salirse de los que públicamente se conocen por estar en la cumbre del iceberg maletil.  El caso es que, en éste nuestro tiempo, tras el triunfo apoteósico de la apariencia se oculta la realidad, deformada y escondida, y se fomenta que la opinión oculte la verdad, secuestrada y desconocida, hasta el punto de que, tras marginar la sociedad a la filosofía,  se ha renunciado mayoritariamente a la certeza, despreciando la práctica del pensamiento crítico. Ahora satisfacemos nuestra necesidad radical de saber con forjarnos una opinión suficientemente coherente con lo que queremos creer, pero que no nos terminamos de creer. El caso es que hemos renunciado a la verdad y nos conformamos con sucedáneos, de manera que nos hemos acostumbrado a engañarnos y a dejarnos engañar por la prestidigitación de los creadores de opinión y fabricantes de falsas apariencias, trileros de la apariencia, escamoteadores de la realidad y pescadores a rio revuelto. La penitencia a nuestro pecado la encontraremos, como dijo Ortega, en que “los que se empecinen en el error terminarán tropezando contra la dura realidad”.