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martes, 14 de junio de 2016

Implicaciones metafísicas de la física actual



Ponencia presentada en el Simposio de AEDOS sobre la conciencia  en la Asociación de Filosofía y Ciencia Contemporánea
Universidad de Comillas, Madrid 11 junio 2016

                                                           Las líneas fronterizas entre ciencia y fe son objeto de permanente disputa y están mal delimitadas. Pero allí donde algunos ven fronteras que hay que defender y patrullar, yo veo confines porosos que piden a gritos que los exploremos de forma creativa y productiva.
                                                                       Alister McGrath

                                                           Parece como si yo hubiera sido solamente un niño pequeño jugando en la playa, entretenido en hallar de vez en cuando un guijarro más liso o una concha más bonita de lo normal, mientras el gran océano de la verdad se extendía inexplorado frente a mí.
                                                                       Isaac Newton

Resumen

La física actual pone de relieve dos aspectos de la naturaleza que permiten, por primera vez, tender un puente desde lo físico a lo racional, de la res-extensa a la res-cogitans: 1.- Considerar a la información como constituyente de la esencia y 2.- La identificación de la existencia de un límite al espacio-tiempo que delimite el más allá. La comunicabilidad entre lo trascendente y lo inmanente se puede explicar asumiendo las conclusiones de la física moderna sobre la naturaleza última de la realidad como información. En la teoría holográfica del mundo físico se entiende  a la realidad física como representación de la manifestación espacio temporal de una información original, que podría ser trascendente, que se proyectaría sobre una superficie que englobe al universo y desde ella se proyectaría de nuevo, holográficamente, sobre el espacio-tiempo, generando al universo como representación. La concepción platónica de las esencias como ideas y el relato de Plotino sobre la emergencia del universo desde la nada física de un Uno metafísico toman un nuevo sentido a la luz de las nuevas teorías de la física. En el ámbito de la conciencia se articulan la información percibida con su interpretación, actuando como catalizadora de la concreción de lo potencialmente probable en la realidad concreta. La reflexión lleva a la conclusión que no es el pensamiento un efecto de la actividad física sino que la física es una manifestación de un pensamiento previo.

Inmanencia y trascendencia

Los ámbitos de la ciencia y el de la fe, cuando no han estado aislados el uno del otro, han estado, con frecuencia aunque no siempre, enfrentados. Isaac Newton se lamenta de que la ciencia se limita a explorar un litoral que la separa y aísla de un inmenso océano de una verdad inaccesible. El propósito de esta reflexión es otear, desde el suelo relativamente firme de la ciencia, el abismo de la trascendencia.

Decía el biólogo Stephen Jay Gould que la ciencia no es atea ni teísta. El químico Alister McGrath asume la sentencia de Gould, añadiendo que "Las ciencias naturales tienen una envidiable reputación de fiabilidad y veracidad a base de reconocer sus límites...La ciencia no presupone ninguna opinión religiosa, política o social. Siempre podrá argumentarse que es congruente con muchas de ellas".

Partamos de que nuestro conocimiento de la trascendencia se limita a un concepto intuitivo de lo que se queda fuera del espacio-tiempo y, por consiguiente, es un ámbito eterno y adimensional o, alternativamente, tiene unas dimensiones espacio-temporales ortogonales con las de nuestro espacio-tiempo, por lo que, de poder ser accesibles desde nuestro universo, se las percibiría como puntuales es decir, serían inobservables. Podría representanrse matemáticamente el conjunto como un universo integrado por dos subespacios, uno físico y otro metafísico, tales que todo vector alineado a lo largo de una dimensión cualquiera de uno de los subespacios, si se multiplica escalarmente por otro vector alineado con cualquier dimensión del otro subespacio, el producto daría cero. No debe extrañarnos el que, de haber algo trascendente, no pueda ser observado desde el subespacio físico, pero el hecho de no lograrlo no implica su inexistencia. Cuando los microbios no se veían, también existían.

La ciencia, durante los últimos tiempos, ha dejado claro que la esencia de todo lo creado es información. La mecánica cuántica especifica que la base última de toda materia-energía contenida en el espacio-tiempo son campos de ondas, vibraciones, es decir: información y la reciente teoría LQT describe al espacio-tiempo como un campo cuántico de bajo nivel de energía, es decir, también información. Adicionalmente, a partir de observaciones y descripciones sobre los agujeros negros, se ha visto que la información sobre todo lo que cae dentro de un agujero negro queda reflejada en la superficie del horizonte de sucesos del agujero, llegándose a la conclusión de que toda la información contenida en un volumen se encuentra íntegramente descrita por la información contenida en la superficie que encierra a ese volumen, razón por la que se puede describir al mundo como un holograma producido al proyectar la información periférica sobre el espacio-tiempo, teoría científica que ratifica la aseveración de que toda la realidad es información, añadiendo que toda la información que configura al mundo holográficamente está contenida en una superficie que encierra al mundo. Desde la más remota antigüedad, la humanidad ha considerado que toda la información sobre la inmensidad del universo quedaba proyectada sobre una esfera celeste con centro en el observador. En el límite, si existiese una superficie que rodease todo el contenido del espacio-tiempo, la totalidad del universo, toda la información de lo contenido en ella sería percibido por un observador externo a esa superficie como proyectada sobre la cara de esa superficie y un observador situado dentro, vería esa misma información como proyectada desde fuera, es decir, desde la trascendencia al espacio-tiempo y como situada ahí fuera.

La ciencia también nos dice que el universo se encuentra en expansión, por lo que a la pregunta: ¿Que hay más allá de la superficie de información holográfica que envuelve y delimita al universo? se añade otra pregunta: ¿Hacia dónde se expande el universo? planteándose la existencia de algo más allá. Otro indicio de un más allá del espacio-tiempo lo encontramos en la teoría de Big Ban, al platearse qué habría antes del origen del tiempo. Adicionalmente, dado que la vida es un proceso temporal y cada individuo vivo tiene un origen y un final, todo individuo consciente se ve abocado a la consideración de su propio final. La conciencia de su condición mortal le obliga al hombre a plantearse la cuestión del más allá sin necesidad de haber alcanzado la ribera del océano de lo trascendente del que nos hablaba Newton y que se situaría en los lindes del espacio-tiempo. Ante esto, no tenemos más remedio que asumir que, tanto la conciencia de la muerte, como la ciencia actual, nos fuerzan a posicionarnos en esa orilla ante el más allá que nos invita a sondear lo inobservable. Indagar en la trascendencia es misión de la metafísica, pero nuestra intención es partir de la física delimitando y acotando el ámbito de la especulación metafísica antes de zambullirnos en ella, empezando por buscar qué podemos encontrar dentro del espacio-tiempo que pueda haber transcendido a través de ese confín poroso que intuye Alister McGrath y ver a qué nos lleva.

Todo es información. En el espacio-tiempo, la información se codifica como energía. La energía adopta varias formas. La forma más elemental son radiaciones. También se presenta como materia, como estructuras, como vibración térmica, como desplazamientos dentro del espacio-tiempo, hoy sabemos que el propio espacio-tiempo es una forma de energía y son energía las oscilaciones y deformaciones del espacio-tiempo en función de su contenido de materia-energía. La información es también una forma primaria de energía que induce a determinadas formas de acción. La vida emerge contra la probabilidad que la entropía impone, creando orden del desorden, fabricando moléculas de creciente complejidad a costa de consumir información con la ayuda del diablillo de Maxwell. Toda la información que es capaz de recopilar la vida y derivar de la que ya posee, es codificada en largas cadenas de ADN que ordenarán y regulan la elaboración de otras moléculas necesarias para, siguiendo un plan preestablecido, configurar un organismo vivo, capaz de reproducirse y evolucionar, a lo largo de una escala de creciente complejidad, hasta conseguir elaborar cerebros pensantes. La clara contribución de la información a la formación y desarrollo de la vida, contra toda posibilidad termodinámica, prueba la función de la información como energía. La gran cuestión es cómo se codifica la información fuera del espacio-tiempo, qué significado tiene la información que configura y unifica todo lo observable, cómo influye en lo que sucede y cómo se utiliza para que algo suceda en base a ella. La ciencia presupone la inteligibilidad de lo observado y se asume capaz de interpretar lo que se nos muestra, dándole sentido, asumiendo que lo observado es información. Como ya señalara Galileo, uno de los atributos del conjunto de la información original, además de su intrínseca unidad, es su capacidad nomológica y nomogénica en base a su índole lógico-matemático. Nos sentimos capaces de responder a nuestras propias preguntas y dar respuestas coherentes y verosímiles a lo que ignoramos, respuestas que exigimos sean congruentes con lo que creemos saber por nuestras observaciones por la exigencia lógica que la información se auto impone. Si la ciencia nos da respuestas empíricas a las cuestiones físicas, la razón se ve forzada tanto a proponer teorías consistentes en física como a dar respuestas racionales a las preguntas metafísicas sobre temas que caen fuera del ámbito de la física, respuestas que deberán ser coherentes en sí mismas y congruentes con lo que la física nos enseña sin otras bases que la propia información y sus reglas. Son las restricciones nomológicas de la información el aval de la validad de la reflexión.

La diferencia entre la metafísica y la religión es la revelación. El problema de la ciencia con la religión está en la imposibilidad de comunicar y reproducir fenómenos trascendentes. Lo que la metafísica puede aportar es un marco racional que muestre la compatibilidad de lo que se afirme sobre lo trascendente con los conocimientos consolidados y tender un puente abierto aunque inconcluso hacia la religión, que deberá ser completado por cada creyente con los datos de la revelación que asuma. La teología aporta racionalidad al relato conjunto de la revelación y la mística. Antes de aventurarnos a indagar sobre lo trascendente, debiéramos profundizar sobre los contenidos intangibles del espacio tiempo. Hay temas históricamente difíciles de ser estudiados por la ciencia, como son la naturaleza del tiempo, la esencia de la vida, la conciencia, la libertad, el significado de la fenomenología religiosa, como el éxtasis y los milagros; la reconciliación de las partes con el todo, el significado del concepto de espíritu y su interacción con la materia, la relación entre pensamiento y cerebro.

El dolor y el pesar del arrepentimiento atraen la atención del sujeto pensante sobre si mismo, surgiendo la conciencia. Una peculiaridad del ser humano es su identificación como sujeto y objeto, como conciencia de sí y del mundo. La esencia es información que se manifiesta como representación. La conciencia percibe, determina e interpreta las representaciones, que percibe como vivencias, haciéndolas conocimiento mediante el pensamiento. El pensamiento parte de utilizar la información que el sujeto recibe de las sensaciones que le llegan y contrastarla con retazos de la memoria que utiliza como referencias a fin de interpretar el significado de la información recibida, para irse creando una imagen coherente de si mismo y del entorno y reflexionar sobre ella para identificar opciones de acción y posibilidades de éxito. La conciencia tiende a hacerse cósmica mediante la comunicación de conocimientos entre las conciencias individuales, hasta constituir la noosfera de Pierre Teilhard de Chardin. Una protoconciencia cósmica se da en la interacción dinámica entre el espacio-tiempo y la materia-energía. La materia-energía deforma el espacio-tiempo, que de alguna manera es "consciente" de la ubicación de toda la materia y cada una de sus partes, haciendo que su deformación las desplace a nuevas ubicaciones, acción que se produce al ser la materia "consciente" de alguna manera de las deformaciones del espacio en su conjunto.

La cuestión del más allá desde el confín del tiempo la vive el ser consciente como implicación del conocimiento de su finitud como sujeto, pudiendo quedarse a ver venir el fin o ir mentalmente a su busca en busca de respuestas sobre el más allá desconocido. Dado que no tenemos acceso al más allá, solo podemos indagar sobre él extrapolando lo que conocemos mediante nuestras vivencias. La duración de las vivencias en el tiempo y la temporalidad de los procesos vitales nos alertan sobre el tiempo, otro intangible que intentamos entender mediante imágenes espaciales cambiantes. Bergson denunció la limitación del pensamiento humano para tener una representación mental certera de la realidad mediante conceptos estáticos y eternos. Los conceptos han sido desarrollados para pensar en cosas, pero no en sucesos ni en vivencias. La vivencia subjetiva de la duración, la duré bergsoniana, y el tiempo objetivo de la física no son idénticos. Física, vida y cosmología nos plantean otro problema temporal, el del origen. Lo precedente a lo existente vuelve a platear la cuestión de lo trascendente. La mejor manera de describir un universo cambiante es mediante una descripción temporal, una narración. Lo que nos lleva a intuir que, dado que el universo es información, podemos suponer que el universo, en su evolución, es un mensaje. Los mensajes solo pueden ser descifrados por inteligencias, lo que nos hace pensar que son los seres inteligentes a quienes va destinado ese mensaje cósmico. Si el universo es un mensaje solo puede proceder de fuera del universo, de la "región" de lo trascendente y de una mente inteligente que lo ha cifrado y transmitido.

La tradición platónica que se reestructura en el pensamiento de Plotino, nos confirma mediante imágenes y conceptos lo dicho hasta aquí. La esencia de todo ente es información, Platón definió las esencias de los entres como ideas. Para Plotino, el conjunto de lo trascendente constituía el Uno, partiendo de una conciencia omnisciente que abarcase la totalidad de la sabiduría y consiguiese manifestarla con la generación y evolución del cosmos mediante un acto de trascripción o interpretación (en el sentido de ejecución o realización, como cuando se ejecuta una partitura) de la información que posee esa conciencia depositaria de la totalidad del saber. Para la Escuela de Kyoto, representada fundamentalmente por Nishitani Keiji, la trascendencia es la Nada. La diferencia entre Nishitani y Plotino es una cuestión de perspectiva. Desde el espacio-tiempo, la trascendencia se ve como la Nada, visión que comparten los físicos nihilistas, pero si mentalmente se contempla desde el más allá, lo trascendente es el Uno que integra toda la información necesaria para poderla proyectar sobre el espacio-tiempo para que dé lugar a la existencia del mundo al desplegarse en su interpretación espacio-temporal del mensaje informando la materia al transcribirse en materia.

De la nada indiscriminada, informe y eterna, atemporal y an-espacial, pero sapientísima, surgen las distinciones y las formas de todos los entes que se desarrollan en el tiempo y el espacio mediante esa trascripción o interpretación realista de la información original y virtual. La información originaria constituye el momento abstracto de la verdad absoluta genérica y una, como razón de ser, esencias y formas de todos y cada uno de los entes que han llegado a la existencia; mientas que el conjunto de la información cósmica final, histórica, fraccionada y compartida, constituye la versión concreta y específica de esa verdad, siendo esta información la que parcialmente contemplan los seres humanos durante el periodo de su existencia y de la que se hacen conscientes. El mundo, el conjunto de todos los entes que han existido o han de existir, es el elemento mediador entre los dos momentos de la verdad. El conocimiento implícito en la información inicial se hace explícito en el desarrollo temporal y físico del universo. La transformación de la verdad entre su concepción original abstracta y eterna y su versión final espacio-temporal y concreta supone un aumento de precisión a costa de una elevada degradación entrópica del conjunto a lo largo de su despliegue en el tiempo. La información total contenida y constituyente del Uno integra todas las posibilidades, mientras que su concreción espacio-temporal va colapsando las diferentes posibilidades potenciales en una única versión de esa información, constituyendo la realidad y la historia.

La nada, el Uno de Plotino, carece de extensión y la eternidad es a-temporalidad. En la eternidad no hay tiempo y, por consiguiente, no hay devenir, ni espacio, ya que la información no encriptada no ocupa lugar, es pura res cogitans, simplemente es. Como decía Parménides, el Ser eterno es inconmovible. En su absoluta invariabilidad y plenitud, no necesita de nada pues integra todo lo posible, por lo que no procede el cambio. En el contenido de la eternidad está la totalidad, permaneciendo idéntica a si misma en plenitud indivisa e inalterable, sin anhelo de nada pues lo tiene todo a la vez, sin ser deficiente en nada, actualidad plena no actualizable. Constituida por información, contiene toda la información sin que pueda haber otra información ajena a la que configura su ser omnisapiente e intrínsecamente actual y presente sin un antes ni un después, sin perfeccionamiento ni deterioro posibles. Eternidad es permanencia, lo eterno es lo permanente. El tiempo mide el cambio, si no hay cambio no hay tiempo.

“De ahí que, verdaderamente, el Uno sea algo inefable; porque lo que digáis de él será siempre alguna cosa. Ahora bien, lo que está más allá de todas las cosas, lo que está más allá de la venerable Inteligencia e, incluso, de la verdad que hay en todas los cosas, eso no tiene nombre, porque el mismo nombre sería algo diferente de El” (Eneida V, 3, 13).
                                                             
El ámbito receptor de la información proyectada desde la nada-eterna o Uno, es el espacio-tiempo. Plotino llama a dicho ámbito Inteligencia o Hipóstasis segunda, que recibe las formas o esencias contenidas en el Uno mediante procesión contemplativa. Utiliza el término procesión para evitar el de emanación, diferenciando así la naturaleza de lo surgido de la del origen. En su lugar, utilizo aquí el concepto de proyección de información, más coherente con la teoría física del universo como proyección holográfica. No habla Plotino de información, pero trata esa transmisión contemplativa como si fuese información, ya que la Inteligencia se la apropia al contemplar al Uno o hipóstasis primera "aprendiéndola". Al no considerar que el contenido de lo transmitido es información, aunque lo intuya,  tiene dificultades para explicar como se pasa del Uno a la multiplicidad y de lo espiritual a lo material. El impulso primero que produce la proyección surge de la secuencia conocimiento-voluntad-acción. Ese impulso conduce al despliegue de la voluntad implícita en la información esencial, tras ser proyectada como intenciones sobre el espacio-tiempo fraccionado y desplegarse por el espacio y el tiempo a medida que esas intenciones se desarrollan recodificadas en materia-energía. Es como la imagen que se rompe al proyectarse sobre un espejo roto. Hemos de asumir la intuición de Plotino sobre la segunda hipóstasis, y reconocer que, siendo el espacio-tiempo en sí mismo ya información, para poder asumir la información que recibe sobre los seres sensibles, el espacio-tiempo ha de ser inteligente de algún modo para poder recibirla y procesarla. ( Ver: http://bit.ly/23gOQVs )

“Inteligencia, acto intelectual e inteligible, serán una y la misma cosa. Con lo que, si el acto de la Inteligencia es lo inteligible, y si lo inteligible es la Inteligencia, la Inteligencia necesariamente se pensará a sí misma. Porque pensará por medio de su acto, que no es otra cosa que ella misma, y pensará así lo inteligible, que es también ella misma. De dos maneras, pues, se pensará a sí misma: como acto de la Inteligencia, que es ella misma, y como inteligible, al que piensa por medio de un acto que es la Inteligencia misma” (Eneida V 3, 5, 33 y ss.).

Lo que Plotino llamó inteligencia, el espacio-tiempo, al contemplar al Uno, la nada-eterna, obtiene del Uno toda la información que contiene en sí sobre el mundo, como potencias, formas y esencias de todos los entes sensibles habidos y por haber, junto con la intención de cada ente de ser lo que ha de ser. La información obtenida, configura los entes sensibles y se correspondería con la tercer hipóstasis de Plotino, a la que también llama el Alma, que configura al mundo al  desplegarse y expandirse en el espacio y en el tiempo, mostrándose mediante imágenes.

“Pero el Alma, en cambio, no permanece inmóvil en su acto de producción, sino que se mueve verdaderamente para engendrar una imagen de ella. Al volverse hacia el Ser del que proviene se sacia de él, y al avanzar con un movimiento diferente y contrario, se engendra esa imagen de sí misma que es la sensación” (Eneida V 2, 1).

A esa imagen engendrada es a lo que llamaremos manifestación del mundo. La manifestación es reproducción formal de la información esencial contenida en el Uno desplegada, materializada y expuesta en el espacio-tiempo como multiplicidad de seres. Cuando un ser inteligente percibe la información expresada en la manifestación de las esencias de los seres que componen el mundo, concibe una representación del mundo en el sentido de Schopenhauer. El error de Schopenhauer fue prescindir de la manifestación de las esencias como base, sustento y causa de la representación. Si toda la información del Uno es puesta de manifiesto en el espacio-tiempo, la información transferida no se limitará a la correspondiente al en si kantiano de los entes sensibles, sino que debiera incluir la que constituye al propio Uno pensante, con lo que el Uno-Bien debiera, a su vez, encarnarse como Verbo en algún lugar y momento histórico junto con el resto de las esencias pensadas.

La manifestación de cualquier información se realiza mediante un lenguaje. La manifestación en el universo de la verdad constituyente y contenida en el Uno original también utiliza lenguajes: el lenguaje cuántico de las partículas, el lenguaje físico de la mecánica, el lenguaje químico de las sustancias, el lenguaje genético del ADN... El proceso que todo ser sigue para ser, es su autorrealización. Para poder auto-realizarse, para poder llegar a ser lo que un ser debiera ser, todo ser  necesita conocer la información que lo define y la que necesita para poder ser, lo que requiere que los seres en su esencia estén  constituidos por intención y atención. Sabemos que la esencia de todo ser es información. La intención es la información que determina lo que el ser debiera ser y la atención proporciona la información necesaria para poder obtener los recursos y elementos constituyentes necesarios para ser lo que debe ser, sabiendo qué hacer con ellos por su intención, de la que aprende cómo localizarlos, adquirirlos, ensamblarlos y configurarlos en una unidad existencial. Desde un punto de vista informático, la intención es el programa y la atención proporciona los datos a medida que se van necesitando. La intención es teleológica y la atención es selectiva. Ser es procesar información interpretándola, es decir, realizándola en el tiempo y el espacio, haciéndola realidad mediante la acción. Como los solistas interpretan una partitura mediante un instrumento, los seres interpretan su intención de ser lo que son, mediante la información que manejan en los medios de que disponen como recursos. Ser es establecer un diálogo entre la intención de cada ser y el resto de las intenciones de los demás seres, diálogo que está mediado por las respectivas atenciones. La capacidad de subsistencia y la calidad de vida de un ser está determinada y mediada por su capacidad para dialogar con el resto de los seres. El mal es el resultado de la incapacidad de alcanzar un consenso y pretender resolver los conflictos de intereses mediante la violencia, en beneficio del más fuerte. El diálogo cósmico se establece entre cada ser y su no-ser, es decir, entre cada ser y el resto de los seres. Es un diálogo entre el ser presente de la actualidad existencial y el deber ser de la naturaleza esencial programado en la intención de ese ser. Diálogo mediado por el resto de los seres en busca de la mutua colaboración necesaria para la realización del conjunto en una unidad dialéctica de una nueva actualidad mediante una evolución que constituye el acto de ser. La naturaleza del todo ser es dialéctica y dinámica. En la conciencia, al volverse conscientes tanto la intención como la atención, la intención de la esencia se hace voluntad y la atención conocimiento. La conciencia se orienta a la acción mediante la concatenación conocimiento-voluntad-acción, manifestándose como voluntad y configurando un ámbito de libertad al autodeterminarse esa voluntad por fines, rompiendo la cadena  del determinismo causal. El producto de la acción es la determinación de una opción entre las posibles mediante el colapso de las funciones de onda que determinan el espectro de posibilidades. Sabemos por física que la mera observación ya colapsa determinadas opciones y la acción ratifica y amplia las opciones colapsadas.

La información de la res cogitans original (al principio era el Verbo), unitaria y eterna constituyente del Uno se trasforma en la información fragmentada pero enriquecida por la experiencia como res cogitans contenida en las diferentes conciencias, información adquirida en las vivencias compartidas por cada ser con el conjunto de los demás seres fruto del despliegue como res extensa de la información del Uno en el mensaje cósmico que constituye el universo físico. Las inteligencias destinatarias del mensaje cósmico se hacen conciencias al comprender que cada individuo depositario de inteligencia es parte del mensaje cósmico y parte importante dado que posee el código que permite el conocimiento y la interpretación del gran mensaje de la creación. Previsiblemente, esa información vuelva a integrarse al final del tiempo en la noosfera de una conciencia cósmica compartida. La destinataria final del mensaje cósmico es la conciencia. Cuando nos despidamos de este mundo, quedará de nosotros lo que esencialmente somos: información. Información fraccionada en las conciencias de quienes nos recuerden cuando nos recuerden y la información integral que resida en la conciencia divina del Uno, alfa y omega de lo creado, primera y última conciencia del universo, en la esperanza de que participemos de esa conciencia en la medida que nos convenga. El hecho que al inhibirse todos los sentidos en el éxtasis la conciencia se despeja y surgen experiencias de una conciencia cósmica hacen pensar que al destruirse los sentidos por completo, el fenómeno se magnifique. Si al final de los tiempos desaparece el cosmos, la información residual solo tendría cabida en el Uno, donde siempre estuvo. El esperado premio o castigo podría consistir en tener que convivir toda una eternidad en la plena conciencia de todos nuestros actos junto con una mayor o menor contemplación de la Belleza Divina. No es mal castigo tener que soportarse a uno mismo en lugar de que sean otros quienes nos soportan. Y una buena reflexión para replantearnos nuestros actos.

Nota: Para dar unidad e integridad a este artículo, parte del texto reutiliza fragmentos de otros artículos publicados en el blog del autor, que en su conjunto, completan y detallan aspectos de lo aquí dicho.





sábado, 14 de mayo de 2016

La Meditación Trascendental





La meditación trascendental es un práctica milenaria con la que la humanidad ha venido experimentando en todas las latitudes del planeta. El yoga mental de la tradición védica, la meditación budista, la relajación Zen, la MT, la oración mental, la mística... bajo diferentes nombres se ha buscado la experiencia mental de lo infinito con diferentes niveles de éxito. En el fondo, es un ejercicio espiritual cuyos frutos deben catalogarse dentro de la fenomenología religiosa en la búsqueda de lo divino y de la psicología profunda que trata de expandir la conciencia en busca de la llamada conciencia cósmica. La imposibilidad de compartir lo experimentado con otras personas y la dificultad de describirlo obstaculiza la divulgación de la práctica y retrae a quienes se ejercitan en ella de comentar sus experiencias. Testimonios como los de Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz no son frecuentes.

En la actualidad, la posibilidad que ofrece la neurociencia, la existencia de tecnología que permite explorar la actividad cerebral con métodos no invasivos, como el escáner, la resonancia magnética o el encefalograma, ha permitido observar lo que ocurre en los cerebros de personas durante la meditación y el trance, lo que ha proporcionado datos objetivos y recurrentes sobre lo que pasa en el cerebro durante lo que genéricamente se ha venido llamando últimamente meditación trascendental.

Junto con una práctica de la meditación trascendental asidua y prolongada, para acceder a los más altos niveles de éxtasis, todas las tradiciones aconsejan una vida ascética y virtuosa. Los ejercicios ascéticos de Buda en la jungla rayaron con el masoquismo y Jesús se retiró al desierto a ayunar durante cuarenta días. Al margen de un aconsejable nivel de disciplina ascética que fortalezca la voluntad y el autodominio, la técnica de la meditación es sencilla, requiere concentración, constancia y paciencia; bastaría con adoptar un postura cómoda y estable en un ambiente tranquilo y sin interrupciones, cerrar los ojos y vaciar la mente de pensamientos e imágenes, profundizando poco a poco en una representación de la nada, mediante un vaciamiento interior. En paralelo con el control mental, se produce y fomenta una progresiva relajación muscular con un descenso de los ritmos cardiacos y respiratorios, logrando una respiración relajada y progresivamente más lenta y profunda hasta alcanzar una cadencia muy pausada. En el proceso hay que evitar tanto dormirse como quedarse entretenido por pensamientos que, como indica San Juan de la Cruz en su Subida al Monte Carmelo, desviarían del camino recto.

John Hagetin, catedrático de física, encuentra una correspondencia entre los niveles de la realidad que la física moderna ha ido sacando a la luz sobre la constitución de la materia, con los niveles de los estados mentales a conseguir durante la meditación trascendental. Si la realidad se muestra en capas de mayor detalle a menores escalas que van desde lo macroscópico newtoniano, pasando por  lo molecular, lo atómico, el mundo quántico de las partículas elementales hasta llegar a los campos cuánticos y terminar en la mecánica cuántica de campo yuxtapuesta al campo espacio-temporal de las ondas gravitacionales para formar un único campo unificado, en la que toda la realidad física es un único conjunto de oscilaciones de información. El profesor Hagetin considera que la meditación tiene por objetivo descender mentalmente desde las imágenes cotidianas de la realidad microscópica hasta que la mente logre sintonizar con el campo unificado en el que toda la realidad queda incorporada en una única realidad pulsante e informe de la que formamos parte, hasta sentirse a uno mismo como un conjunto de ondas oscilantes que forman parte de un universo unificado de ondas.

Siguiendo esa línea de pensamiento y asumiendo la teoría de que el mundo es un holograma proyectado desde una fuente trascendente, situada fuera del espacio-tiempo, lo que equivale a decir desde una eternidad adimensional en la que está contenida toda la información necesaria y la sabiduría y poder proyectarla sobre el espacio-tiempo para hacer de ella una realidad física; se puede pensar que el objetivo último de la meditación trascendental no sea el campo unificado sino contemplar la fuente original y creadora que lo proyecta, situada en la eternidad. Un proceso por el que la atención abandona las sensaciones para centrarse en la contemplación de la unidad cósmica que incluye al propio yo del iluminado en comunión con el todo en el seno de lo divino inmutable y eterno. Lo cual estaría en línea con la vivencia espiritual manifestada por los grandes místicos a lo largo de la historia.

Considerar el campo cuántico unificado proporciona una imagen abstracta del todo que facilita un nivel de meditación profundo. Buscar la contemplación de un todo trascendente en el que nos sentimos incorporados y del que nos sabemos parte, con aptitud reverente ante lo sagrado, es un reto que aspira a niveles de meditación insuperables.

Probemos, un lugar tranquilo, una postura cómoda yestable, cerrar los ojos, relajarse, pensar en nada...


Conferencia de John Hagetin con traducción simultanea
 bit.ly/1Rg9eog    
Tertulia  sobre MT en español
 bit.ly/1K6fpnn
Ayuda guiada a la meditación en relajación
 bit.ly/1vo8rXz 

         Esquema de la subida al Monte Carmelo

miércoles, 2 de marzo de 2016

El concepto de inmortalidad en la Roma Imperial




           
a Iván

El enigma del Panteón
El Panteón es un edificio singular que se alza en la Piazza della Rotonda de Roma y es famoso en el mundo entero. Se trata de un edifico cilíndrico al que se accede por un pórtico de columnas, resto de un templo anterior, que recuerda al Partenón griego y lo dignifica como templo. El cilindro está cubierto por una cúpula semiesférica coronada por un enigmático orificio circular en su cúspide, por el que entra la luz y cae el agua de lluvia. Como su nombre indica, es el templo de todos los dioses, por lo que sorprende que en su interior no se encuentre ninguna estatua de dios alguno, ni siquiera un pedestal vacío alzado en honor del dios desconocido, como nos cuenta San Pablo que tenían los atenienses. Tiene la particularidad de que el radio del cilindro es igual a la mitad de la altura de la cúpula, por lo que se puede inscribir en su interior una esfera imagen del universo. Los guías que enseñan el Panteón romano alaban el prodigio de la estabilidad estructural de una cúpula que carece de remate central, algo que se logra mediante una viga circular horizontal que hace de clave. De hecho, cada anillo horizontal de la bóveda es autoportante, como ocurre con los anillos de hielo de un igloo. Se cuenta que Filippo Brunelleschi estuvo estudiando durante un largo tiempo la estructura del Panteón, con el fin de obtener ideas para la cúpula de la catedral de Florencia, terminando por resolver su problema con una doble bóveda autoportante que dejaba un agujero central cubierto con un lucernario que coronaba la cúpula catedralicia  en lo más alto, de manera que permite el paso de la luz a la vez que impide la caída de la lluvia al interior del templo florentino. Miguel Angel repitió la idea del lucernario en la cúpula de San Pedro en Roma popularizándola.
 

El inframundo

Para los romanos clásicos, la realidad tenia tres planos superpuestos: el de la ciudad, el del inframundo y el celeste. Los tres eran considerados reales y físicos, si bien, la ciudad era la realidad cotidiana, la urbe que regía el orbe, mientras que los otros dos eran lugares remotos, del ultramundo, aunque accesibles desde la ciudad capitolina. Siglos más tarde, Dante ilustró y cristianizó el modelo en su Comedia, sustituyendo ciudad por purgatorio, como imagen descriptiva de la trascendencia, manteniendo el infierno debajo y el cielo arriba. El inframundo, abismal y subterráneo, donde reinaba la oscuridad y lo tenebroso junto con lo indeseable, se comunicaba con la ciudad a través del mundus, un profundo pozo situado en el centro de Roma, junto al arco de Séptimo Severo, visto desde el actual Museo Capitolino a su derecha, entre el arco y I Rostri, la tribuna de los oradores.  El mundus se encuentra al lado de una doble base de sendas piedras circulares superpuestas de la que hablaremos. Se cuenta que Rómulo, tras lanzar sus compañeros al pozo un puñado de tierra de su país de origen, trazó con el arado el círculo que delimitaba la ciudad, tomando como centro el mundus, razón por la que desde el inicio, la ubicación era considerada el centro de la ciudad y del Imperio, desde donde irradiaban todas la vías imperiales y en el que se localiza el origen de todas las distancias. La señal que marcaba el kilómetro cero oficial del Imperio (más bien la milla cero), era el miliarium aureum, un mojón que, no pudiendo estar en el centro del pozo, se colocó a su lado. Estaba este punto señalado por una estructura de bronce, en forma de pequeño obelisco, de la que, en la actualidad, solo queda la amplia doble base redonda de piedra sobre la que se alzaba y de la que hablábamos antes. La frase de que "todos los caminos llevan a Roma" era cierta, pues todos terminaban en el miliarium aureum. Al yuxtaponer el mojón del miliarium al mundus, se conforma una única realidad dual que constituye el santum santorum de la ciudad, umbilicus urbis Romae, el ombligo de la ciudad, donde la madre tierra alumbró las tinieblas del vacío para dar origen al mundo, extrayéndolo del fértil subsuelo, y desde donde la ciudad se expande extramuros, por esos caminos que le llegan de todas partes y mediante los cuales estructura al Imperio en torno a su origen. Junto al ombligo del mundo se alza I Rostri, la tribuna desde la cual los oradores, al dirigirse al pueblo romano, hablaban al orbe. El conjunto se encuentraba situado a los pies de la escalinata del Senado, donde con el  Verbo del pueblo, expresado por los oradores, se codificaba el Derecho Romano, cuyas leyes, dictadas desde ese principio estructurador de unidad, coherencia y cohesión que queda representado por  el umbílicus urbis, formalizaban y regulaban la organización y normativa del Imperio. Todo se organiza desde ese lugar sagrado situado sobre el monte Capitolino. El conjunto puede verse desde las ventanas del museo del mismo nombre que dan al Foro, desde donde se ha hecho una de las fotos con las que se ilustran estas líneas y en la que, a la izquierda, se ve un edificio amarillo donde estuvo el Senado.

Todo lo que se arrojaba al mundus era in-mundo. Eso incluía los cadáveres de los ajusticiados que no tenían derecho a sepultura y los cuerpos de los niños cuyo padre no alzaba sobre su cabeza tras haber nacido, en señal de un segundo nacimiento, en el que mediante el acto de alzamiento el padre lo rescataba de la tierra y reconocía su paternidad y el niño alcanzaba derechos civiles y se le reconocía públicamente el derecho a la herencia familiar. Junto a ellos, se tiraban todo tipo de desperdicios, detritus e inmundicias que la ciudad rechazaba; siendo, de hecho, la primer cloaca romana. En lo más profundo del mundus se hallaba la caverna del inframundo, más imaginaria que real, el Hades, en la que reinaba Plutón y moraban los espíritus malignos junto con los seres de ultratumba. Era la parte más indeseable y tenebrosa del ultramundo. Había otra entrada extramuros al Hades en el Averno, el cráter de un volcán cerca de Miseno, en el golfo de Nápoles.



El mundo celestial

Por encima de la ciudad se encontraba el otro más allá, el de la realidad celeste, el mundo de la luz en el que reina Júpiter y moraban los demás dioses olímpicos junto con los espíritus benignos y otros seres celestiales. La conexión de la ciudad con lo celeste se realizaba por otro agujero antípoda del mundus, el orificio central del Panteón. Ese destacado edificio en forma de igloo de hormigón recubierto de mármol con un misterioso orificio como corona al que nos referíamos al inicio y por el que, frente a las tinieblas del mundus, se inunda de luz el edifico. En el Panteón no había ninguna estatua de ningún dios, porque todos los dioses podían entrar y salir de él a su antojo, por el oculus sin ser vistos. El orificio del Panteón no está ahí por razones de iluminación ni hidráulicas ni estéticas, ni por alarde arquitectónico, sino cumpliendo una función trascendente, la conexión de la ciudad con lo divino. El oculus, una vez al año, jugando con la luz y las sombras, hace un guiño al mundus, cada 21 de marzo, fecha en que se conmemora la fundación de la ciudad y el labrado del surco divisorio de los lindes  por Romulo en torno al mundus, proyecta la luz del sol sobre la puerta de entrada del Panteón. En esa fecha, el Emperador se mostraba al pueblo desde la puerta del Panteón, aureado por la luz divina. Otra conexión con el mundus es que el Panteón está localizado en el lugar en que la tradición identifica como el sitio en el que se produjo la muerte y fue descuartizamiento, como ritual para inmortalizalo, y propiciar la apoteosis celestial de Rómulo como Quirino, siendo arrebatado al cielo por los dioses, durante un eclipse, entre truenos y relámpagos, desde ese mismo lugar de su muerte; lugar que, para los romanos, dialoga desde entonces entre el cielo y la tierra, entre lo inmortal y los mortales. Se dice que Rómulo enterró a su hermano donde quiso fundar Remoria o Roma, no sería de estrañar que Remo esté enterrado bajo el milliarium aureum. El vínculo entre el Panteón y el mundus es evidente. La mirada de los dioses desde el oculus hacía elevar la vista al cielo. La conexión del romano con la trascendencia es topográfica y visual, la Roma Clásica no tiene profetas.


La ciudad

La ciudad se estructuraba y articulaba en torno al sagrado monte Capitolino que albergaba tanto al mundus como al Panteón e incluía a un Foro en el que estaban el Mercado frente al Senado en mutua vigilancia. Roma era intermediaria entre el inframundo subterráneo y el supramundo celestial, entre las tinieblas y la luz, lo demoníaco y lo sagrado, entre las entrañas fecundas de la madre tierra y el todo poderoso dios padre; permitiendo el acceso a ambos a través de sendos orificios situados el uno en el suelo del Foro, en el centro geométrico de la ciudad primitiva y el otro en lo alto de la cúpula del Partenón, imagen del firmamento. Para el romano clásico, lo trascendente tenía una existencia real, aunque remota y oculta, pero accesible, inmanente, física. Al heredar la Iglesia el Imperio Romano, la tradición judeo-cristiana se impone sobre las creencias paganas y el Logos se antepone a la vox populi como causa primera y creadora de la luz, germen y origen del universo, un origen que trasciende y antecede al de la ciudad. La divinidad fragmentada en múltiples deidades finitas se unifica en un único Dios infinito que habla al pueblo a través de los profetas, a un pueblo dispuesto a escuchar que dice "habla Señor que tu pueblo escucha". La trascendencia pagana, plasmada en una visión espacial externa y vecina, aunque oculta y muda, se encierra, una vez bautizada en la nueva fe, en los corazones de los hombres para hablarles en el silencio interior de una relación íntima de convivencia espiritual, de unión, religiosa. El espacio trascendente deja de ser un espacio en el espacio, pasando a ser un lugar utópico. Cielo e infierno dejan de ser una ubicación para pasar a ser un estado, un contenido sin espacio, desubicado; pero, aun habiendo olvidado tanto el mundus como el oculus, el peso de la tradición pagana mantiene viva la imagen de un infierno bajo tierra y un cielo en lo más alto, perdurando en el imaginario de los nuevos tiempos. Si Dante describió esa imagen, Miguel Angel la representó en el mural del Juicio Final de la Capilla Sixtina. Lugares que fueron considerados físicos y concretos, cuyos accesos estaban localizados y eran públicamente conocidos de todos los ciudadanos, pasan a ser ilocalizables, convirtiéndose en meras representaciones sin referente dimensional, en una dicotopía mental, una fractura simbólica, instrumental y abismal del espacio espiritual; que actúa como metonimia visual en representación de una violencia auto infringida y discriminante que aparta a los malos de los buenos en el más allá.

Hoy día, desde la terraza de la cafetería del Museo Capitolino, la cúpula del Vaticano atrae la vista del visitante, que lo contempla dando la espalda al umbilicus urbis Romae. Una nueva trascendencia, más espiritual y metafísica, se impone en la ciudad santa, aunque respetando los vestigios de la antigua. Los romanos contemporáneos escuchan ahora en su corazón la voz de lo divino. Entretanto, el Panteón, sigue haciendo mirar al cielo al visitante.